Me dispuse a escribirle una carta después de verla ir:
Con una sonrisa irónica y unas cenizas de papel te dejo ir porque a mi lado no perteneces. Nunca hiciste tu sitio a mi lado, ahora dormir se me vuelve un horror, te miro siempre en la almohada que lanzo al suelo cada noche. Ahí permanece largo tiempo hasta que olvidarme de tu aroma ya no quiero. No fuiste mía ni de nadie, o quizás, fuiste de aquel, de tu sueño irrealizable y de tu tortuoso orgullo que me golpeaba en la ducha, en la cena y a veces en el jardín de espinas que tienes por piel. Ahora caminar con tus pasos se volvió mi hábito de los 15 de cada mes, de tus años 15, de nuestros años y de mi vejez. Terrible decisión dejarte ir, pero peor era que te quedaras aquí, en este sitio que no es mío y que no te invito a que lo hagas tuyo. Te dejo porque no sé inventarte, reconstruirte, porque ya no sé amarte sin que duela, sin que sufra. Nunca fui tuya, jamás lo seré porque así lo quise, porque así me dejaste ser. Y por si lo dudaste alguna vez, te recuerdo que te amé, aún cuando deseo odiarte ahora , aún cuando quise odiarte ayer. Me despido sin sentimentalismo, para siempre y por mí, te olvidaré.

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