Tres horas más tarde ambos tomaban de la
misma copa y fumaban tan satisfechos, logrando hacer una escena propia de recién
casados, risas infundadas demostraban la embriaguez de la mujer y el hombre solo sonreía y la miraba con ojos
perdidos en algún pensamiento…Debo traer más vino dijo y se marchó a la parte
trasera de la casa, tomó en sus manos la hoz y fue en busca de su amante ya casi
perecida. La mujer tendida en la cama dormida proporcionó la atrocidad que iba
a cometer, no era lo que él esperaba pero de igual forma lo disfrutaría; la
tomó por los brazos y la cargó hasta la habitación vecina que desde hace mucho
tiempo había permanecido vacía. Ella despertó por un instante intentando
librarse de los brazos de Ricardo, este le susurró al oído diciéndole
suavemente que guardara sus fuerzas; la tiró sobre las ruinas de una antigua
cama y empezó a golpearla con todas las fuerzas que su alma le permitía, al
primer golpe la mujer perdió toda esperanza y quedó inconsciente con una lluvia
de sangre descendiendo de la nariz, el sonido de la respiración agitada del
enfurecido hombre y el terrible sonido de los huesos partir era la música del
siniestro momento que parecía apenas comenzar. Tomó la hoz una vez más con sus
grandes y manchadas manos sintiéndose el más grande de los hombres, dándole fin
a la vida triste y regalada que solía llevar la ahora difunta.
El bosque
Ella caminaba lento con sus pasos suspendidos, como quién no quiere perderse los detalles de la naturaleza que la rodea. Llevaba el cabello suelto y zapatos viejos, en la mano izquierda una gota de pintura roja manchaba su muñeca. No me detuve en ese detalle, le seguí los pasos detrás de los arbustos que rodeaban una casita de madera. Se detuvo a mirar por las ventanas y como ladroncilla experimentada entró por una de las ventanas rotas. La curiosidad se me coló por la sangre y me acerqué a hurtadillas para espiarla por la rendija de la puerta. Frente a la chimenea ennegrecida yacía de pie sin mover músculos, la mancha roja en su muñeca se había extendido hasta su hombro derecho. Un frío aterrador me corrió del cuello a la espalda y regresó a mi garganta haciendo un nudo irrompible. Las piernas me temblaron y los ojos abiertos parecían pantallas luminosas de cine. Ella con su lentitud de pasos suspendidos se dirigió a lo que un día se llamó habitación en aquella casita abandonada. La perdí de vista, corrí hasta la ventana para lograr divisarla, pero la habitación dónde claramente la observé entrar con mis ojos luminosos, estaba sellada con rugosos ladrillos en todos sus extremos. El temblor de mis piernas se incrementó y el sudor corría a chorros por mis mejillas asustadizas. Decidí huir del lugar con la certeza de que aquella mujer no era real, o bien, no pertenecía a los nuestros. Mis pies novatos de carreras despertaron y corrieron como nunca antes lo habían hecho, pero siempre en medio de esa carrera veloz y agitada me topaba con esa casita de madera indeseable. Los mismos arbustos y la misma mujer de pasos suspendidos con su mancha en el hombro extendida hasta el cuello y la cara. Pero esta vez, detrás de mí, como queriéndome alcanzar y hundirme en su bosque sin salida.




























