De pronto me puse a pensar en el amor y se me vino tu nombre casi de
inmediato, como un corrientazo al corazón y a mi sonrisa. Y es que pensar en el
amor y en ti es tan redundante que cuando quiero amar te nombro y me ahorro la
muletilla de repetir amor en tus sílabas. Te confieso que me encantan tus
ausencias porque corro a buscarte y te encuentro dormida soñando conmigo, y yo
te sueño también con los ojos abiertos bien abiertos para no perder detalles de
tus ojos dormidos y de tu respiración que huele a cielo. Y es que me gustas y
es que te quiero como no se quiere nadie, y no me importa ser la loca de tus calles,
la que te reclama presencia o la que grita multipolaridades de sentimientos
chocantes. Y de pronto me puse a pensar en la felicidad y se me vino tu rostro
y tus ojos raros que no se domicilian en estas tierras pero que te enmarcan la
sonrisa, y yo me enamoro bonito de ese cuadro que eres tú. Aunque a veces me
provoque devolverla al sitio donde la encontré, sé muy bien que sin ella el
gris sería mi color en las mañanas, en todas las mañanas y los oscuros
penetrantes en las noches; por eso la dejo vivir en la profundidad de mi alma y
amarla un poco cada vez más.
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