martes, 29 de julio de 2014

Equivocaciones

La mañana del 30 de junio decidí ponerme los zapatos rojos con trenzas blancas, pensé que me combinarían con la chaqueta negra que tanto me gusta. Pero ese día mientras caminaba deprisa hacia mi trabajo alguien me susurro al oído: "pareces una payasa desabrida", el ánimo se fue al suelo y me miraba de reojo los zapatos rojos de trenzas blancas hasta odiarlos y fue ese día cuando comenzó mi interminable afán por equivocarme con cuanta oportunidad me presentara la vida. La noche del 2 de julio me sentí valiente y salí a compartir un trago obligado y un baile inquietante con un grupo de amigos, esa noche , decidí usar el perfume que había comprado el día anterior, pero el aroma penetrante en mi nariz hizo una fiesta de estornudos y morí con un pañuelo en el bolsillo y una alergia de mil demonios. Como verán me había vuelto a equivocar frenéticamente en tan solo pocos días. Quizás la mala decisión me había vuelto una víctima del fracaso, pero lo realmente preocupante no había comenzado todavía, las equivocaciones con los seres humanos sería la peor pesadilla. En el entretiempo me equivoqué con el tapete de la cocina, con el arroz en el supermercado, con el ramillete de flores los domingos , con el modelo de celular y hasta con el estilo de caminar, pues ese pasito apurado y solitario que me caracteriza me hizo rodar cuesta abajo partiendo mis rodillas. Conocí a Hellen, a Elisa, a Mónica y a Kamila y las equivocaciones sobrehumanas se guindaron como monigotes burlescos en las ventanas y en las cortinas. Mi fracaso inminente me convirtió en un fracaso de sandalias y buena pinta, sin aquellos zapatos rojos, pues termine tirándolos en la alcantarilla. Amé a una, adoré a la otra, pensé casarme y hasta formar una familia pero mientras pasaba por paredes de espejos en una pasillo, descubrí que me había equivocado de persona, de amores, y hasta de vida. Y de tanto cansarme por equivocarme decidí tomar el primer tren que se alejara de todos, decidí marcharme a un sitio, a un sitio donde yo y mis equivocaciones sean tomadas como bendiciones y no como problemas sin salida.

El 20 de julio ya instalada en una vieja casa hotelera comencé a arrimar en un rincón un millón de recuerdos que por tener valor sentimental no quise abandonar. En cada uno de los objetos que atesoraba había una historia con cara de mujer, con cara de olvido, y por supuesto, un sin fin de equivocaciones que para no hacer esto traumático resumiré. Para hacer el inventario necesario de recuerdos me preparé una taza de café y por azúcar, sal le eché. Es que el traje de locura y distracción me sienta tan bien que cuando no cometo un desatino el destino me cambia la taza de café por una de té. Lo cierto es que me topé con un papel arrugado y sucio de tanto manoseo pero muy bien guardado en un sobre rosa. Entre líneas pude leer que alguien de años atrás creyó amarme y ser feliz conmigo, pobre de aquel que consumiera esas letras, solo fue tinta y papel, nada de cierto en ese testamento amoroso que ahora es un recuerdo de ayer. Equivocada estuve al pensar que alguien que te muestra el corazón y lo abre a tu llegada sea incapaz de herir, de lastimar y hasta de arrancarte las entrañas. Pero vagando entre otros recuerdos equívocos, me tropecé con: un pincel manchado de gris , perteneciente a una dama de azul que lo dejó por olvido en una paisaje mío. Un pañuelo bordado de una tal Paulina que me enamoró en una esquina de hotel. Un disco obsoleto de romance, ese lo encontré tirado en una zanja encharcada una madrugada de regreso a casa. Un álbum de fotos mías, de cuando el sepia estaba de moda y el blanco y negro de risa. Un beso en un cuaderno, un lápiz con el nombre de una mujer, maquetas de un pueblito, unos patines viejos, el envoltorio de un chocolate dulcísimo que me regaló un amor del colegio, un 01 en química haciéndole honor a mi equivocada ciencia, unos papelillos abocando mi infancia y unos afiches de Cortázar. Lo cierto de todo es que cada objeto me pudo haber hecho tomar caminos opuestos, pero es que yo siempre decido caminar por las orillas de los caminos así me pierda, así me corte la maleza, siempre sigo de frente aún cuando he leído fin del camino.

Será porque abuso de terca y me empeño en guardar recuerdos que hoy no valen nada o será que cada uno de ellos me recuerdan lo que no debo hacer ahora con estos años que cargo en la mochila. Por eso me equivoco al escoger unos labios que se parecen a otros labios, porque yo quise besarla en silencio y ella quiso hacer solo ruido. La mañana del 15 de agosto tomé el primer bus que pasaba por la avenida con destino a no sé dónde ni me importaba, ahora jugaría al azar y le dejaría a mis pasos la libertad de transitar por donde la vida transita sin avisar, ni dejar huellas pintadas. Dejé de tomar café, deje de cargar recuerdos y me propuse coleccionar unos nuevos que no pesaran tanto,que no dolieran más. Pero de tanto equivocarme en las páginas ya pasadas hasta el azar me jugó una broma pesada y me llevó a los pies de Amanda, mi nueva obra, mi nuevo cuento de hadas. Con brujas ruines y malvadas, un vicio más a la cuenta y un par de sandalias gastadas. Caminé sin rumbo con un nuevo recuerdo en la espalda, la trenza del cabello de ella y una herida tatuada. Las migajas que vean de ahora en adelante detrás de mis tacones son pistas pensadas, dejadas adrede, no quiero perderme, quiero encontrarte a ti, a quien me lees. Tropezarme contigo con la sonrisa pintada, contarte de mis errores y mis heridas sanadas. ¿Y por qué no? Que seas tú mi nueva equivocación, la última, la mejor inventada.

Tropezarme dos o cien se me parece a un baile que perfecciono a diario, sin saber que la roca que golpea mis tacones se ha enamorado de mi zapato izquierdo. Y me he cansado de equivocarme en tantos años que cumplo, en tantos años que muero, porque pienso que en los tantos que me quedan he de enamorarme de la piedra que religiosamente me espera en medio de la carretera. Tropezarme siempre me suena cursi, porque se me abren heridas por donde me desangro de una poesía amarga, que duele mucho y suena feo cuando rima. Tropezarme siempre me suena a cuánto nombre de bonitas sílabas se encuentren por la calle, de bonitos labios y bonita sonrisa. He de declararme fábula de este cuento que no narro por poeta, sino por solitaria, por equívoca y cobarde. He de cambiarme el nombre para huir de una vida que me conoce tanto que me esquiva , que me esquiva para ya no llorarme las pérdidas que sufro, para ya no verme herida. Tropezarme siempre no debe ser tan cruel, no debe ser tan trágico. Equivocarme tanto , nombrarte tanto, sufrirte tanto , no debe ser tan cruel. Porque siempre te busco, roca fiel enamorada de mi zapato, y aunque me vaya en otros trenes en busca de otros caminos sé que tú estarás presente en cada paso, en cada vía alterna , en cada valla de pueblo, en cada nueva vida que me invente; para ayudarme a equivocarme otra vez y tropezarme dos o cien y llorarte nuevas lágrimas, en los finales de rieles o al principio del precipicio que se dibuja en mis pies.

Y me hundo en mi inacabable compañía, en mi círculo de vicios , en mis noches de frío, canciones y humo en los pulmones.

No me hallo, no soy de este mundo ,no pertenezco aquí. No me habito el alma o quizás se me fue volando por ahí detrás de alguien con un nombre que no menciono por valiente. Lloro en espacios vacíos, preferiblemente para no contarle a nadie que lloro por enfermiza o por debilidad propia de mi alma, de la que se fue volando a no sé dónde, a no sé cuál habitación directo a guindarse en el ropero. Y lloro en las noches porque en los días me inundo de otras cosas que por premeditación justa las evoco para no llorar, para no llover sobre otras heridas que no importan. Y me cansé de tanta equivocación disfrazada de casualidad, y me quiero ir sola a mi mundo , ya , sin esperar nada más que desnudarme de la piel que habito y ser yo sin más que aparentar. Pues , María, se hincó dolorosamente en mis costillas y me las hizo trizas con un beso de judas, y rodé como perinola en acantilado , cuesta abajo y caí de bruces en un charco de absurdas confesiones que me hicieron culpable de besarla , de tenerla, de creerle. Y no me hallo en este mundo de tantos y yo de nadie, caminando por ahí sin prisa con la esperanza de encontrar a alguien con los brazos extendidos y buena fe. Entre los arbustos y los edificios me desmayo con el último soplo en los pulmones, equivocándome nuevamente , creyendo que la muerte de mis huesos ahuyentaría a la vida de mi carne.



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