La mañana del 30 de junio decidí ponerme los
zapatos rojos con trenzas blancas, pensé que me combinarían con la chaqueta
negra que tanto me gusta. Pero ese día mientras caminaba deprisa hacia mi
trabajo alguien me susurro al oído: "pareces una payasa desabrida",
el ánimo se fue al suelo y me miraba de reojo los zapatos rojos de trenzas
blancas hasta odiarlos y fue ese día cuando comenzó mi interminable afán por
equivocarme con cuanta oportunidad me presentara la vida. La noche del 2 de
julio me sentí valiente y salí a compartir un trago obligado y un baile
inquietante con un grupo de amigos, esa noche , decidí usar el perfume que
había comprado el día anterior, pero el aroma penetrante en mi nariz hizo una
fiesta de estornudos y morí con un pañuelo en el bolsillo y una alergia de mil
demonios. Como verán me había vuelto a equivocar frenéticamente en tan solo
pocos días. Quizás la mala decisión me había vuelto una víctima del fracaso,
pero lo realmente preocupante no había comenzado todavía, las equivocaciones
con los seres humanos sería la peor pesadilla. En el entretiempo me equivoqué
con el tapete de la cocina, con el arroz en el supermercado, con el ramillete
de flores los domingos , con el modelo de celular y hasta con el estilo de
caminar, pues ese pasito apurado y solitario que me caracteriza me hizo rodar
cuesta abajo partiendo mis rodillas. Conocí a Hellen, a Elisa, a Mónica y a
Kamila y las equivocaciones sobrehumanas se guindaron como monigotes burlescos
en las ventanas y en las cortinas. Mi fracaso inminente me convirtió en un
fracaso de sandalias y buena pinta, sin aquellos zapatos rojos, pues termine
tirándolos en la alcantarilla. Amé a una, adoré a la otra, pensé casarme y
hasta formar una familia pero mientras pasaba por paredes de espejos en una
pasillo, descubrí que me había equivocado de persona, de amores, y hasta de
vida. Y de tanto cansarme por equivocarme decidí tomar el primer tren que se
alejara de todos, decidí marcharme a un sitio, a un sitio donde yo y mis equivocaciones
sean tomadas como bendiciones y no como problemas sin salida.
El 20 de julio ya instalada en una vieja casa
hotelera comencé a arrimar en un rincón un millón de recuerdos que por tener
valor sentimental no quise abandonar. En cada uno de los objetos que atesoraba
había una historia con cara de mujer, con cara de olvido, y por supuesto, un
sin fin de equivocaciones que para no hacer esto traumático resumiré. Para
hacer el inventario necesario de recuerdos me preparé una taza de café y por azúcar,
sal le eché. Es que el traje de locura y distracción me sienta tan bien que
cuando no cometo un desatino el destino me cambia la taza de café por una de
té. Lo cierto es que me topé con un papel arrugado y sucio de tanto manoseo
pero muy bien guardado en un sobre rosa. Entre líneas pude leer que alguien de
años atrás creyó amarme y ser feliz conmigo, pobre de aquel que consumiera esas
letras, solo fue tinta y papel, nada de cierto en ese testamento amoroso que
ahora es un recuerdo de ayer. Equivocada estuve al pensar que alguien que te
muestra el corazón y lo abre a tu llegada sea incapaz de herir, de lastimar y
hasta de arrancarte las entrañas. Pero vagando entre otros recuerdos equívocos,
me tropecé con: un pincel manchado de gris , perteneciente a una dama de azul
que lo dejó por olvido en una paisaje mío. Un pañuelo bordado de una tal
Paulina que me enamoró en una esquina de hotel. Un disco obsoleto de romance,
ese lo encontré tirado en una zanja encharcada una madrugada de regreso a casa.
Un álbum de fotos mías, de cuando el sepia estaba de moda y el blanco y negro
de risa. Un beso en un cuaderno, un lápiz con el nombre de una mujer, maquetas
de un pueblito, unos patines viejos, el envoltorio de un chocolate dulcísimo
que me regaló un amor del colegio, un 01 en química haciéndole honor a mi
equivocada ciencia, unos papelillos abocando mi infancia y unos afiches de
Cortázar. Lo cierto de todo es que cada objeto me pudo haber hecho tomar
caminos opuestos, pero es que yo siempre decido caminar por las orillas de los
caminos así me pierda, así me corte la maleza, siempre sigo de frente aún
cuando he leído fin del camino.
Será porque abuso de terca y me empeño en
guardar recuerdos que hoy no valen nada o será que cada uno de ellos me
recuerdan lo que no debo hacer ahora con estos años que cargo en la mochila.
Por eso me equivoco al escoger unos labios que se parecen a otros labios,
porque yo quise besarla en silencio y ella quiso hacer solo ruido. La mañana
del 15 de agosto tomé el primer bus que pasaba por la avenida con destino a no
sé dónde ni me importaba, ahora jugaría al azar y le dejaría a mis pasos la
libertad de transitar por donde la vida transita sin avisar, ni dejar huellas
pintadas. Dejé de tomar café, deje de cargar recuerdos y me propuse coleccionar
unos nuevos que no pesaran tanto,que no dolieran más. Pero de tanto equivocarme
en las páginas ya pasadas hasta el azar me jugó una broma pesada y me llevó a
los pies de Amanda, mi nueva obra, mi nuevo cuento de hadas. Con brujas ruines
y malvadas, un vicio más a la cuenta y un par de sandalias gastadas. Caminé sin
rumbo con un nuevo recuerdo en la espalda, la trenza del cabello de ella y una
herida tatuada. Las migajas que vean de ahora en adelante detrás de mis tacones
son pistas pensadas, dejadas adrede, no quiero perderme, quiero encontrarte a
ti, a quien me lees. Tropezarme contigo con la sonrisa pintada, contarte de mis
errores y mis heridas sanadas. ¿Y por qué no? Que seas tú mi nueva
equivocación, la última, la mejor inventada.
Tropezarme dos o cien se me parece a un baile
que perfecciono a diario, sin saber que la roca que golpea mis tacones se ha
enamorado de mi zapato izquierdo. Y me he cansado de equivocarme en tantos años
que cumplo, en tantos años que muero, porque pienso que en los tantos que me
quedan he de enamorarme de la piedra que religiosamente me espera en medio de
la carretera. Tropezarme siempre me suena cursi, porque se me abren heridas por
donde me desangro de una poesía amarga, que duele mucho y suena feo cuando rima.
Tropezarme siempre me suena a cuánto nombre de bonitas sílabas se encuentren
por la calle, de bonitos labios y bonita sonrisa. He de declararme fábula de
este cuento que no narro por poeta, sino por solitaria, por equívoca y cobarde.
He de cambiarme el nombre para huir de una vida que me conoce tanto que me
esquiva , que me esquiva para ya no llorarme las pérdidas que sufro, para ya no
verme herida. Tropezarme siempre no debe ser tan cruel, no debe ser tan
trágico. Equivocarme tanto , nombrarte tanto, sufrirte tanto , no debe ser tan
cruel. Porque siempre te busco, roca fiel enamorada de mi zapato, y aunque me
vaya en otros trenes en busca de otros caminos sé que tú estarás presente en
cada paso, en cada vía alterna , en cada valla de pueblo, en cada nueva vida
que me invente; para ayudarme a equivocarme otra vez y tropezarme dos o cien y
llorarte nuevas lágrimas, en los finales de rieles o al principio del
precipicio que se dibuja en mis pies.
Y me hundo en mi inacabable compañía, en mi
círculo de vicios , en mis noches de frío, canciones y humo en los pulmones.
No me hallo, no soy de este mundo ,no
pertenezco aquí. No me habito el alma o quizás se me fue volando por ahí detrás
de alguien con un nombre que no menciono por valiente. Lloro en espacios vacíos,
preferiblemente para no contarle a nadie que lloro por enfermiza o por
debilidad propia de mi alma, de la que se fue volando a no sé dónde, a no sé
cuál habitación directo a guindarse en el ropero. Y lloro en las noches porque
en los días me inundo de otras cosas que por premeditación justa las evoco para
no llorar, para no llover sobre otras heridas que no importan. Y me cansé de
tanta equivocación disfrazada de casualidad, y me quiero ir sola a mi mundo ,
ya , sin esperar nada más que desnudarme de la piel que habito y ser yo sin más
que aparentar. Pues , María, se hincó dolorosamente en mis costillas y me las
hizo trizas con un beso de judas, y rodé como perinola en acantilado , cuesta
abajo y caí de bruces en un charco de absurdas confesiones que me hicieron
culpable de besarla , de tenerla, de creerle. Y no me hallo en este mundo de
tantos y yo de nadie, caminando por ahí sin prisa con la esperanza de encontrar
a alguien con los brazos extendidos y buena fe. Entre los arbustos y los
edificios me desmayo con el último soplo en los pulmones, equivocándome
nuevamente , creyendo que la muerte de mis huesos ahuyentaría a la vida de mi
carne.

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