Ella me miraba de lejos, con los
ojos cargados de amor, con las manos repletas de caricias nuevas, con la piel
limpia esperando mis dedos; con el corazón agitado y los labios callados. Ella me miraba de lejos, con las
cartas que me escribió de madrugada, con las lágrimas secas esperando mi
llegada; con el vino a medias, con las copas vacías y la cama desarreglada.
Ella me miraba de lejos, deseando mi mirada, esperando el tren que me llevara
hasta su puerta, suspirando con los ayeres que se le escapan. Sonreía con las
heridas ensangrentadas, caminaba por las huellas difuminadas, besaba mi rostro
en fotos desgastadas y seguía en la espera, cargando ilusiones a través de los
años que Dios le regalaba. Ella me miraba de lejos, yo la miraba por la
ventana, sus ojos gritaron mi nombre, sus labios cantaron enamorada. Ella me
seguía mirando, yo seguía transitando los destinos lejanos que nos separaban,
ella me amaba en silencio, yo la amaba en el olvido, la amaba diferente al amor
de calles y Cupidos; ella no sabía cuánto la amaba, lloraba por mi olvido y en
mi alma aún estaba; ella no sabía cuánto la pensaba, cuánto por ella oraba. No
sabía el valor de su presencia en recuerdos, en el asiento de ese tren que
hasta ella me llevaba.
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