Es una mujer difícil, difícil de
encontrar en alguna parada de autobús, difícil de encontrar mientras esperas
pacientemente por el turno en el médico. Es una mujer que no encontrarás de
compras, ni bronceándose en la playa. Es difícil, una mujer difícil de encontrar,
difícil de verla en el banco desgastado de la iglesia, en la panadería o en
teléfono público. Es una mujer que por más que quieras encontrar no podrás,
ella no se expone, se guarda, se perfuma, se conserva, se esconde, se protege, se
cuida, se consiente, se ama. Yo la encontré un día, sin querer hallarla y con
el corazón buscándola, la encontré. Estaba detrás de un párrafo, justo después
de un punto final. Estaba con su letra mayúscula y una coma, su párrafo era
extenso y tupido. Yo la leí y me enamoré, me cautivó su ortografía perfecta y
sus tildes, me enamoré de sus puntos; eran redondos y bien dibujados. Su letra
era legible, como esas caligrafías clásicas, parecían pinturas y no letras. Me
enamoré de su contenido, era precioso, como un postre que no quieres acabar,
pero es tan exquisito que sería una tortura no comerlo. Así la encontré,
dormida en una de las oraciones, con los pies guindados de una palabra:
“Esperanza”, la cabeza apoyada en un nombre: “Dios”, su cobija era “La fe” y de
alfombra, “Corazón”. Cuando leí esto me enamoré más, porque una mujer que tenga
el corazón de alfombra y a Dios de almohada vale la pena leer. Levanté su
alfombra, la sacudí, le quité las arrugas y la coloqué con suavidad en su
pecho, donde realmente pertenece. Al día siguiente volví a aquel párrafo, ella
ya no estaba en el sitio donde la había dejado. Me puse los anteojos para
ayudar a mis ojos confusos y la vi. Estaba danzando entre líneas, brincando
encima de las “F”, de las “E”, de las “L”, de las “I” y de las “Z”. No la interrumpí,
pero si me aseguré de que su corazón estuviera donde tenía que estar. Desde
entonces la leo a diario, en las mañanas, en las noches, en silencios, a
oscuras, a plena luz, en soledad, en compañía, con ruidos, con música, con
amor, con cuidado, con pasión, con ternura. Y ella, siempre ahí, con su párrafo
extenso y tupido, con sus puntos y comas perfectas, con su contenido exquisito
y dejándose leer a diario, dejándose seducir por mis ojos, dejándose amar.
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