No te vayas, le dije -Aún hay café en tu taza y no se ha enfriado.
Debo irme, me dijo - El corazón se me ha enfriado y no queda una gota de café.
Caminó con prisa hacia la puerta, corrí hasta ella, la tomé por el brazo y vi en su mirada mucha tristeza. Comprendí que debía dejarla ir, sus pupilas ya no se dilataban al verme tan cerca.

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