Una vez me rompieron el corazón
con una espada filosa, entrando en mi pecho con tanta suavidad que se cortó en
dos pedazos tiernamente. Otro día me lo rompieron con un bate de béisbol,
lentamente y por las mañanas, fue tan sutil que no me daba cuenta de los golpes
que lo iban destrozando de a poco. Recuerdo también cuando me lo rompieron a mordiscos,
como quien se come una manzana roja y jugosa; con hambre, con fuerza y deseo.
No olvidaré cuando me lo rompieron de un apretón, me abrieron un hoyo en el
pecho y me sacaron al pobre rojo latiendo. Lo apretaron tan fuerte que dejó de
latir en un charco de palabras ahogadas. También me lo rompieron un verano en
la playa, con pisotones de soldados marchando; lo hicieron puré de sueños,
asqueroso corazón maltrecho quedó estampado en la arena. Cuando creí que ya no
podían romperlo más lo convertí en piedra y llego alguien experto en rocas, con
su pico en el hombro lo convirtió en polvo y hojas. Y para cerrar con broche de
oro este desfile de un corazón rojo muerto, culmino contando cómo me rompieron
el corazón el pasado otoño. Alguien con deseo de beber un batido de tomate con
ajo, me arranco el corazón de tajo y lo puso a batir; haciendo del pobre una
merengada con licor dejando mi cuerpo entero a punto de morir.
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