El bosque
Ella caminaba lento con sus pasos suspendidos, como quién no quiere perderse los detalles de la naturaleza que la rodea. Llevaba el cabello suelto y zapatos viejos, en la mano izquierda una gota de pintura roja manchaba su muñeca. No me detuve en ese detalle, le seguí los pasos detrás de los arbustos que rodeaban una casita de madera. Se detuvo a mirar por las ventanas y como ladroncilla experimentada entró por una de las ventanas rotas. La curiosidad se me coló por la sangre y me acerqué a hurtadillas para espiarla por la rendija de la puerta. Frente a la chimenea ennegrecida yacía de pie sin mover músculos, la mancha roja en su muñeca se había extendido hasta su hombro derecho. Un frío aterrador me corrió del cuello a la espalda y regresó a mi garganta haciendo un nudo irrompible. Las piernas me temblaron y los ojos abiertos parecían pantallas luminosas de cine. Ella con su lentitud de pasos suspendidos se dirigió a lo que un día se llamó habitación en aquella casita abandonada. La perdí de vista, corrí hasta la ventana para lograr divisarla, pero la habitación dónde claramente la observé entrar con mis ojos luminosos, estaba sellada con rugosos ladrillos en todos sus extremos. El temblor de mis piernas se incrementó y el sudor corría a chorros por mis mejillas asustadizas. Decidí huir del lugar con la certeza de que aquella mujer no era real, o bien, no pertenecía a los nuestros. Mis pies novatos de carreras despertaron y corrieron como nunca antes lo habían hecho, pero siempre en medio de esa carrera veloz y agitada me topaba con esa casita de madera indeseable. Los mismos arbustos y la misma mujer de pasos suspendidos con su mancha en el hombro extendida hasta el cuello y la cara. Pero esta vez, detrás de mí, como queriéndome alcanzar y hundirme en su bosque sin salida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario