De algo hay que morir, mi querida
amiga. No te escondas, no huyas, no te arrepientas de un amor que fue eterno.
De un terno amor de días que te despegó suspiros viejos que guardaba tu
garganta. No te arrepientas de las cartas escritas en la madrugada de ayer, rescátalas
de las cenizas y envíaselas a quien te supo amar con límites. ¿Para qué llorar
lo perdido? Celebra lo vivido, lo cargado de esperanza, los labios nuevos que
estás por besar. Mi querida amiga, no culpe al destino, pues ese amor fugado
con maleta en mano no te supo amar. No es culpa de Cupido ni de sus flechas sin
sentido; culpa al corazón de hiedra que te amo con horas contadas y sonrisas de
lunes queriendo ser domingos. No te rindas en esto del amor, aún hay fuerzas y
una botella de vino con un cigarrillo para matar el dolor. Te acompaño en esto
de llorar las espinas clavadas en la espalda, te sirvo una copa cargada de
insomnio y un amanecer gris de otoño sin olor en la piel. No lamentes las
risas, no opaques los corazones tontos dibujados en papel, no olvides la vida
inventada ni la llegada calculada de ese amor de siglos resumidos en un
atardecer. De algo hay que morir, mi querida amiga, de amor moriremos todos y viviendo
amando nos desgataremos la piel.
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