El timbre inquieto del teléfono despierta a
Ricardo, hace mucho que nadie me llama, no sé si deba contestar pues nadie debería
saber de mí…Hizo caso omiso y se dispuso a meterse a la ducha, el agua helada
lo despertaría del todo y ayudaría a continuar el ritmo incesante de la vida.
Por su cuerpo resbalaba el agua manchada de sangre y mugre, el cabello mojado tapaba sus ojos y
su pecho dejaba al descubierto heridas que el tiempo había intentado borrar. De
pronto, se oye al fondo el timbre del teléfono insistiendo una vez más, la
regadera impide que Ricardo lo escuche y continúa su baño intentando despojarse
de todo el mal que había cometido. Toma la toalla y sale de la ducha,
deteniéndose un instante para mirarse en el espejo, se reflejaba un hombre con
aspecto de cansancio, barbudo, ojos café y mirada triste. En el pómulo
izquierdo una pequeña cicatriz. Toma un cigarrillo lo enciende a la vez que un
fuerte golpe lo derriba sobre el lavamanos y siente la sangre caliente
corriendo por la frente, sin fuerzas cae en el suelo; aturdido no mira quien lo
agrede con tanta euforia. Por un momento miró toda su vida, todos sus errores y
virtudes, sus momentos de éxitos y derrotas, se sintió perdido y cayendo en un
enorme agujero sin fin. El peso de los parpados no le permitían ver quien
estaba invadiendo su espacio y quién querría asesinarlo, se ahogaría en su
propia sangre si no luchaba por levantarse. Apenas podía oír susurros que no
lograba descifrar y esa voz que le parecía tan familiar; el teléfono volvió a
sonar una y otra vez. Ricardo poco a poco arrastró su cuerpo hasta la salida
del cuarto de baño y pudo observar solo los zapatos de su agresor que se
encontraba en la bocina del teléfono y amablemente conversaba con la persona
que desde horas atrás se comunicaba con tanta insistencia.

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