Era un día común como todos los
anteriores, ese día había llovido y las calles estaban empapadas. Salí
temprano de casa directo a tomar el autobús para irme al trabajo, como es normal en
la ciudad se escasearon los autobuses y me tocó pasar un buen rato bajo las pequeña
llovizna que caía, eran las 8:00 de la mañana exactamente, recuerdo cada minuto y cada
segundo, cómo no recordarlos si desde ese momento mi vida
cambió por completo. Yo rabiosa e inquieta miraba la hora cada segundo, mi cara
de pocos amigos adornaba la escena, odiaba llegar tarde al trabajo, pero ese día
que llegar tarde fue mágico. Mientras peleaba con la hora y con mis zapatos
mojados alguien me miraba, lo podía sentir en la nuca, sentía esa mirada
penetrante, resolví voltear y justo detrás de mí estaba ella: ella, una
chica que jamás había visto, una chica que quizás ni sea de este mundo, ella
era perfecta. Su cabello algo desarreglado y mojado por la lluvia, vestía una
camisa verde y unos jeans salpicados de agua y charco, sus zapatos aun más
empapados que los míos y una sonrisa hermosa adornando su rostro. Nunca había
visto un desastre tan hermoso como lo era ella, se acercó a mí y bromeó con mi
intranquilidad haciéndome entender que ella estaba peor que yo, y sin embargo, seguía
sonriendo. Su sonrisa, su miraba inocente y traviesa me cautivó, sus labios
pronunciaban palabras y del cielo las gotas caían suspendidas, las personas
caminaban lento, todo en torno a las dos se volvió borroso y mis ojos solo se
detuvieron a mirarla. Olvidé el trabajo, la hora, mis zapatos arruinados por la
lluvia, la puntualidad y la rutina del día. Su cabello era hermoso así, mojado
y alocado. Decidimos tomar un taxi juntas y yo no vacilé en detener el primero
que pasó, subimos a él y fuimos conversando todo el trayecto, yo deseaba que el
pequeño viaje se hiciera interminable, que nunca llegara a su fin, que el
chofer testigo y cómplice tomara el camino más largo y así poder seguir mirándola
sin detenerme. Mientras ella me seguía hablando yo quedaba encantada de su aroma,
era un aroma suave, dulce y delicioso al paladar, podía saborearlo. Su aroma podía
acariciarme los poros, yo podía sentir su piel en la mía, me hacia soñar, me
hacía volar, me hacía suspirar sin parar. Ella era perfecta, era el desorden más
perfecto y hermoso que había visto. Pero llegamos a donde yo no quería nunca
llegar, sonriendo se bajó del taxi y se despidió de mí apodándome "chica
desesperada". La dejé, no la volvería a ver, no sabría más de ella, no volvería
a sentir su aroma, ni volvería a ver su sonrisa. Seguí mi triste camino, cerré
los ojos un instante y continúe a mi destino.
Había pasado mucho tiempo después de toparme con aquella chica en la parada del autobús, pero aún recordaba su
aroma, ese aroma tan exquisito, tan irreal, tan único. Su rostro, su sonrisa,
sus palabras, toda ella la tenía fotografiada en la memoria. Todos los días me
dirigía al mismo sitio con la esperanza de volvérmela a topar. Pasaron días
lluviosos, nublados,
calurosos, soleados y ella nunca llegó. Ya me había resignado a no volverla a
ver nunca más, quizás fue una reproducción de mi mente, quizás fue todo un
espejismo, quizás me estaba enloqueciendo e imaginando cosas inexistentes.
Era fin de semana, salí temprano de trabajar, me sentía agotada y solo quería
llegar a casa a descansar, mientras me dirigía a la salida de la oficina recibí
una llamada de mi hermano, me informaba que acababa de llegar de viaje y que me
esperaba en casa. Esa noticia me iluminó de felicidad hace mucho que no veía a
mi hermano y estaba ansiosa por abrazarlo y contarle mis historias urbanas.
Salí a tomar un taxi y había empezado a llover, nada extraño en la ciudad, nuevamente me empapé, pero esta vez con la suerte que el taxi llegó pronto a mí. Subí y me dirigí a casa, iba realmente ilusionada de ver a mi
hermano ya quería llegar, lo extrañaba. Por fin pudimos evadir el tráfico y
llegamos. Salí corriendo a casa, abrí y entré. En ese instante el tiempo se
detuvo, la tierra dejó de moverse, mi corazón latió con fuerza, mis manos se
enfriaron cuando percibí ese mismo aroma, ese que me hizo volar aquella vez,
ese aroma que me cautivó, que me enamoró. Era ella, la sentía, podía percibir su
respiración, su presencia. ¡Era ella, Dios mío, era su aroma!
Sentí que pasaron siglos en el
instante que entré a mi casa y me recibió ese aroma perfecto, quedé paralizada
temía avanzar y encontrarla a ella, pero no, tenía que ser un chiste, ella no
podría estar en mi casa, en esta casa donde la pienso, donde la extraño, donde
he escrito en las paredes mis deseos hacia ella. Escuché la voz de mi hermano y
me sorprendió abrazándome de un golpe y llenándome de besos, me decía cuánto
me extrañaba y cuán feliz estaba por volverme a ver. Me miró a los ojos y con
voz seria y decidida me dijo que había traído con él a alguien que me quería
presentar desde hace mucho tiempo, me tomó de la mano y me llevó hasta la
cocina. Yo sentía los pies pesados, como si tuviera zapatos de acero, mi mente
estaba bloqueada y ese aroma lo tenía ya impregnado en el alma. Tenía miedo, tenía
ganas de saber si era ella, pero tenía miedo que realmente lo fuera. Llegué a la cocina y
ahí estaba de espalda preparando una bebida, tenía el cabello hermoso, lacio,
y caía en su espalda, vestía una chaqueta oscura y un jeans negro. De pronto
volteó a saludarme y su mirada quedó fija en la mía, nuestros labios
enmudecieron, nuestros corazones palpitaron al mismo ritmo, nuestras pieles
empalidecieron, era ella, la misma chica, era ella, no era un sueño. Tragué en
seco y con la voz cortada le dije un escaso ¿hola, cómo estas? Ella no pronunció palabra alguna, quedó como suspendida, igual que aquellas gotas que caían sobre
nosotras ese día. De pronto reaccionó y como un susurro me dijo: ¿sigues siendo
la misma chica desesperada?
Mi hermano nos miraba extrañado y nos preguntó si ya nos conocíamos. Admito que me comporté de manera grosera, me dirigí a mi
habitación sin decir una palabra, cerré la puerta y me lancé de bruces a la
cama. Mi corazón lloraba, estaba confundida, estaba emocionada de verla pero
decepcionada de que mi hermano ya tenía una historia escrita con ella. Tantas
veces que me dormí besándola en pensamientos, tantas veces que le decía lo
mucho que la deseaba. Y ahora la tengo aquí a pocos metros de mí y tan lejos a la
vez. Me enfurecí con el destino, le grité, lo rechacé y me negué a que esta
historia me estuviera pasando. Estaba tan encerrada en mis pensamientos que no
escuchaba la voz de mi hermano al otro lado de la puerta llamándome. Estaba
totalmente nockeada, no tenía fuerzas para salir y verlos a ambos, no podía
mirarla a los ojos, o mejor dicho, no podía evitar mirarla y que no se me notara
el inmenso amor que me salía de la piel directo hacia ella. No quería
arruinarle el momento a mi hermano que tanto tiempo tenía sin ver, me arreglé la ropa, el cabello, el alma y los pensamientos, abrí la puerta de la habitación
y con una sonrisa falsa guindada en el rostro les propuse salir a cenar. ¿Que si
fue tonta la invitación? Totalmente, yo misma me puse la soga al cuello, actuar
no era mi fuerte pero esa noche tenía que ser la mejor actriz.
Fuimos a cenar a un restaurante que mi familia y
yo frecuentamos a menudo, desde hace muchos años era el sitio a dónde
íbamos a celebrar cualquier tipo de acontecimiento. En el trayecto mi hermano
no paraba de hablar y de contarme sus historias y vivencias, yo me limitaba a
contestar con señas, gestos y pequeñas sonrisas, si él no notaba mi actitud era realmente un
ciego y un tonto. Ella se mantenía al margen de la situación tomada de la mano
de él, como si fuera un ancla en la arena, profunda y aferrada. Llegamos al
sitio y saludamos a los de la barra y al mesero que nos dirigía a nuestra mesa,
todos eran conocidos, amigos y chicos de confianza. Yo estaba realmente
inquieta y necesitaba respirar lejos de ella, estaba ahogada por su presencia. Me
fui al tocador y refresqué mi cara con agua fría, mientras me aislaba de la situación
sumergida en el grifo del lavamanos sentí una mano acariciando mi brazo.
Su piel era suave como seda, estaba
helada, recorría mi brazo de una manera tan tierna que me erizó la piel.
Levanté la mirada sorprendida y nos miramos por unos segundos, ¿que si era ella?
Sí, era ella parada justo frente a mí, con los labios hermosos, la mirada en la
mía, su corazón palpitaba para mí y el mío para ella. No sabía qué decir, no sabía
cómo actuar, por fin se decidió a hablar y con ese tono de voz melancólico
y lleno de dulzura me pedía perdón por llegar de manera equivocada, por interrumpirme
la vida, por llevarme al taxi equivocado, por sonreírme y por desesperarme más
la vida. Le callé la boca con mis dedos y ella cerró los ojos como entregándose
a un beso. La disculpé de todo pecado y me acerqué a su boca, con intención de
perdonarla a través de un roce de labios, sentía su aliento, su respiración, su
corazón, sus nervios, sentía sus labios abrirse poco a poco para recibir los
míos. En el instante en el que una mujer entró ocasionando que nos separáramos como dos cargas iguales, pero nuestra atracción iba
más allá de eso, capaz de contradecir las leyes de la física, del universo..
Salí del baño con la cara encendida
como si me hubiese tomado un trago fuerte y sin pausa. Sentí que se me notaba a
leguas lo cerca que estuve de besarla, sentía que mi hermano descubriría mis
deseos, mis labios muertos de sed por besar a su novia, mi piel quemándose por
no estar junto a la de ella. Me senté y seguidamente ella. Cenamos, yo sin
ganas, sin apetito
alguno, solo deseaba irme, encerrarme en mi habitación, llorarla, amarla, callarme
y gritarle a mis paredes lo que sentía. Las horas pasaron lentas y pesadas yo
la miraba, ella lo miraba a él y así pasó la noche. Nos fuimos a casa y corrí a mi guarida, ahí permanecí largo rato estática en la cama aún incrédula
y repasando todo lo que en tan pocas horas había vivido. Mi hermano me
interrumpió como de costumbre y con picardía y en susurro me informó que ella
pasaría la noche en nuestra casa, siendo esto el inicio de una terrible
pesadilla.
Los celos estaban haciendo fiesta en mi
habitación, se burlaban de mí, me hacían muecas, y reían sin parar. Me sentí
exhausta, molesta, celosa, triste e impotente. Era un cóctel de sentimientos
que estaba dispuesta a tomarlo a la fuerza. Tenía que resignarme, ella era
prohibida, no podía ser una traidora sin decencia. Pero ¿qué sabe el corazón de
decencia? Mientras dormitaba con la cabeza llena de pensamientos escuché un golpeteo suave en la puerta, me levanté a abrir y solo sentí unos labios
suaves, carnosos y dulces posándose en los míos. Cerré la puerta de reflejo y caímos
en la cama como delfines haciendo su hermoso show, nos besamos como nunca nadie
lo ha hecho, nos hablábamos con besos, con caricias, con piel, con deseos.
Intenté detenerme pero mi debilidad por ella era inmensa, más fuerte que yo, me
olvide de él, del mundo entero y me entregué a ella como pájaro al viento.
Fuimos un solo cuerpo, yo me fundí en ella y ella en mi, tiramos de nuestras
ropas e hicimos un espectáculo de pieles, besé su cuerpo sin excepciones, ella
besó mis rincones y se detenía para hacerme volar. No hicimos el amor, fuimos
mas allá de eso, hicimos algo que jamás se ha hecho, algo que no se ha
inventado, eso fue más que hacer el amor, nos reconstruimos. Nuestros cuerpos exhaustos y
sudorosos se iluminaban con una luz muy tenue proveniente de mi lámpara. Nos
quedamos dormidas, ella en mi pecho y yo protegiéndola con mis brazos. Cuando
un fuerte golpe en la puerta nos despertó viendo los ojos de mi hermano arder
en llamas.
Desperté sudorosa y con el corazón latiendo tan
fuerte que lo sentía en la garganta, todo había sido un sueño, una pesadilla, o
peor que eso, una película muy mala. Estaba sentada desde hace dos horas en la
sala de espera del aeropuerto esperando a mi hermano, estaba tan agotada que me
dormí sin pensarlo, realmente esa chica estaba enloqueciéndome me hacia
tener pesadillas, sueños recurrentes, la recordaba, la imaginaba las 24 horas
del día, suspire y agradecí al cielo que todo había sido un sueño. Por fin
escuche que el vuelo donde venía mi hermano estaba aterrizando, me levanté a
esperarlo unos minutos y lo vi venir, corrí hasta él y nos abrazamos como
cuando éramos unos niños, nos llenamos de besos una y otra vez. Cuando ya le
pedía marcharnos a casa, me pidió unos segundos y se dirigió a los baños públicos.
Yo me distraje con su equipaje, cuando de pronto miré que ella venía hacia mi
tomada de su mano. Ella, con el cabello lacio, hermoso, vestía una chaqueta
oscura y jeans negros y ese aroma, del que tanto he hablado. Él se dirigió
a mi presentándome con orgullo y esmero a su flamante esposa, en ese instante
me di cuenta que aún no había despertado de la pesadilla, apenas comenzaba.
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