Hay dolores que nos quiebran por dentro, nos hacen añicos, nos desmorona , nos hace escombros, polvo, nada. Hay dolores que queman, nos vuelven cenizas, humo, pedazos de nada. Hay dolores punzantes como agujas que se hunden en el pecho y duelen en los ojos, los vuelven agua y sal, los vuelven llanto y nada. Hay dolores que hay que callarlos y duelen más que otros, estos dolores son los peores porque a solas explotan desde adentro hacia fuera y te vuelven espasmo, fantasma, sombra, te transforma en monstruo, en algo, en nada. Hay dolores que hay que gritarlos porque aprietan fuerte el alma, porque te tumban y te amenazan, dolores que no hay que llorarlos, solo gritarlos y más nada. Hay otros dolores furiosos que se confunden con rabia, dolores violentos que rompen vajillas y lámparas, que desordenan camas y se guindan en la pijama que usas a diario o se plasman en la ventana. Hay dolores de aspirina por la noche y tesito en la mañana, esos son los más pacíficos, pues con un antídoto ya no sientes nada. Pero hay dolores que zumban y se te quedan clavado en el alma, esos dolores putos y sonrientes se convierten en conocidas melodías, en películas, perfumes o recuerdos en la cama. Esos dolores con rostros, nombres y cuentos de hadas, esos dolores de amores, mi amiga, no se quitan con nada.

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