Caminos y huellas, hojas secas, brisa fresca y parejas de la mano caminando con sutil felicidad manchando sus mejillas. Una bicicleta de color opaco a lo lejos confundiéndose con una carretilla de madera. Un sombrero con sus hombros y un señor de años con sus helados, el tintineo de la campanilla, niños eufóricos , descalzos danzando, madres y hermanos con gritos y risas, helados y estrellas con arenas blancas de espaldas al sol.
Caída en la marea, con olas violentas, ojos pequeños, sonrisa mojada y el cabello como hilo enredado se deshacía de la nada. De espaldas al circo con carpas en la orilla de la playa, con música suave, bebidas alocadas, chicos sin frenos, sin mañanas siniestras, ni corbatas. Muñecos de arenas rompiéndose en la bruma escarchada, botellas de esas bebidas cuerdas que ahora se cuelan por las venas, pintando de luces las nubes blancas. Palmeras vivas, tan vivas que cantan, susurran con el viento montañoso que se cuela por las rocas golpeadas. Vivas palmeras que adornan mi carpa, sombra fría de coquitos salados, piel roja de soles, sonrisa mojada de arenas, sentada de espalda a la luna que se esconde. Huellas profundas, inmensas, cargadas; mochilas pesadas de sueños, zapatos atados gastados, sin pasados, ni esmeros. Montañas, palmeras, arenas doradas; huellas, risas, niños descalzos, gritos y cantos, mi carpa, mi circo y tú, sentada de espaldas al viento.

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