·
El bateador estaba en la caja de bateo, el
público gritaba en coro, ¡un hit, un hit, un hit! El lanzador en posición
lanzaba la bola, y el árbitro cantaba bola alta, la cuenta estaba completa,
último inning, corredor en tercera base, el hit representaba la victoria del
equipo en casa. El público se puso de
pie, la algarabía era absoluta, el momento era de fotografía, no apto para
cardíacos. Vicky tenía una bebida en la mano, y en la otra su teléfono celular
listo para capturar la escena, el bateador listo, el pítcher hacia su
lanzamiento y bateaba un hit entre primera y segunda, la fanaticada gritaba y
celebraba el triunfo de su equipo. Vicky eufórica daba saltos y coreaba el
nombre de su equipo olvidándose de la bebida rebosante en su mano.
·
Cinco puestos más lejos estaba Lucía, sentada
con el ceño fruncido, los brazos cruzados y bostezando, evidentemente estaba
aburrida. Odiaba ir a esos estadios repletos de gente sudorosa, odiaba que se
le acercaran, que la golpearan con los codos y le pisaran los zapatos, la
despeinaran, la empujaran y le hablaran cerca de la cara. Ni siquiera entendía
como había aceptado la invitación, si ella detestaba el béisbol y a toda esa
gente alborotada lastimándole el tímpano. Hace ya una hora le decía a Carlos _ me quiero ir, vayámonos, ya es tarde, debo dormir, estoy aburrida,
vayámonos ya. Carlos la ignoraba y estaba tan concentrado en el juego que no le
prestaba atención alguna a sus quejas, en algún momento la miraba y la llamaba
aburrida. Lucía vestía seriamente, con tonos claros, lentes y cabello recogido,
era realmente hermosa, pero tapizaba esa belleza con la sombría actitud que a
menudo tenía. Sacó su teléfono miró la hora y se levantó del asiento, le
gritaba a Carlos me voy, me voy, pero en ese instante el bateador que estaba en
cuenta completa, bateaba un hit entre primera y segunda, dándole la victoria al
equipo en casa. El público gritaba tan fuerte que Carlos no la escuchaba, ella
realmente estaba harta, exhausta del aburrimiento y decidió irse, apartando a la
gente y murmurando entre dientes, cuando sintió en su cabeza y todo su cuerpo
un líquido helado, empapándola. Enfureció quería asesinar a ese imbécil
que la había ensuciado de esa manera, quería matar a Carlos que la había
llevado hasta allá, pero realmente ella era la culpable, ella había aceptado
esa invitación. Levantó la mirada con la boca llena de reclamos y palabras nada
gratas para soltar su furia. Vicky era una chica extrovertida, divertida,
conversadora y graciosa, era amante del rock, de los piercing, los tatuajes, el
alcohol, amaba dormir hasta tarde, desvelarse, ir a los estadios, gritar
fuerte, era desordenada y eso se notaba en su aspecto. Vestía unos zapatos
sucios, pantalones rotos en las rodillas y una camiseta del equipo, el cabello
recogido por una gorra y sin maquillaje, ella era más que hermosa, a su estilo,
pero hermosa. Vicky bajó rápidamente con el vaso vacío, pues había derramado
sobre Lucia toda la bebida, con una carcajada le suplicó que la perdonara,
Lucia no decía nada estaba tan enojada que no le salían las palabras. Cuando
miró a Vicky algo la enmudeció, no le reclamó, pero tampoco la disculpó solo
continuó caminando hacia los baños. Vicky apenada y sin parar de reír, como era
característico en ella, la siguió con la intención de enmendar aquel
accidente. De pronto la perdió de vista,
corrió hasta la salida y logró verla, la reconoció por su camisa manchada, corrió
hasta alcanzarla y la tomó de la mano, Lucia la miró con cara de ¡déjame en
paz! y se soltó de manera brusca
·
Vicky
notó la molestia de la chica con mirada asesina, dejó de sonreír y le suplicó
la disculpara. Lucia seguía sin hablar, pero su lenguaje corporal decía más que
mil palabras, más que mil malas palabras insultantes dirigidas a vicky.
Caminaba de un lado a otro y miraba entre la gente esperando que Carlos de una
vez saliera para irse a casa. Vicky estaba realmente apenada, la chica se veía
mal, sucia, molesta, desesperada y sintió mucha pena por ella. Nuevamente se
acercó y le ofreció llevarla a casa, era lo menos que podía hacer: -oye se que
debes estar odiándome pero por favor déjame remediar mi torpeza, puedo llevarte
a casa tengo mi carro aquí estacionado, que dices?- No gracias replicó Lucia. Y
seguía moviéndose de un lado a otro. Carlos apareció de la nada aún eufórico
por la celebración del partido y bromeaba mientras se dirigía a comprar comida.
Lucía se le acercó lo halo por el brazo con tanta fuerza que Carlos parecía un títere
cualquiera en manos de su titiritero. Vámonos ya, estoy harta de estar aquí,
acaso no ves como estoy?- Rayos Luci que sucedió? Vicky los miraba desde lejos,
no quería marcharse sin antes enmendar el desastre que había causado. Decidió
acercarse y se dirigió a Carlos: -hola ¿qué tal? Yo ensucié a tu novia
accidentalmente, y pues les ofrezco llevarlos a casa como disculpa, realmente
estoy apenada. Carlos quedó prendido de la belleza de Vicky, para él, ella era
una princesa, una de esas princesas modernas que en vez de zapatillas de
cristal usan converse sucios, pantalones rotos en vez de un vestido y una
patineta por un carruaje. De inmediato replicó: ella no es mi novia ¿cómo
crees? Y si aceptamos el aventón, ¿si, verdad Luci?- perfecto dijo Vicky, síganme.
Mientras Lucia fruncía más el ceño y pensaba, -¡Lo que faltaba!
·
En el trayecto Carlos no hacía más que hacer reír a Vicky con sus malos chistes y su picardía, mientras Lucía solo miraba por la ventana del auto deseando llegar pronto, se sentía fuera de lugar, sentía que no pertenecía a esa escena, que no debía estar ahí. Pasemos dejando a Luci primero, replicó Carlos dirigiéndose a Lucía en el asiento de atrás, ¿no hay problema cierto?, Lucía no lo escuchaba estaba metida en sus pensamientos, era típico de ella encerrarse en su mundo y hacerle caso omiso al mundo que la rodeaba. Chica, ¿dónde vives? Le preguntó Vicky y a la melodía de su voz Lucía despertó de su letargo, la voz de vicky era tan hermosa al tímpano de Lucía que la hizo volver en sí, tartamudeo pidiéndole a Vicky que cruzara en la próxima esquina. Aquí, aquí detente, agradeció el aventón y se bajó del auto con tanta prisa que no le dio la oportunidad a Carlos ni a Vicky de despedirse, corrió a su casa y jugaba a encontrar las llaves, Vicky se acercó a ella y nuevamente con dulzura le pidió perdón por todo lo que había sucedido. La miró fijamente, en el estadio no se había dado cuenta de los bellos ojos que tenía Vicky, sus cejas perfectas enmarcaban sus ojos verdes. Sentía millones de burbujas explotando dentro de ella, sentía que una explosión catastrófica se acercaba, su mirada causaba esa explosión, la mirada de Vicky la hacía estremecer. Le sonrió y la disculpó, Vicky se dirigió al auto para marcharse con Carlos, mientras Lucía entraba a su hogar, cerraba la puerta y se escondía en la ventana para verla partir.
En el trayecto Carlos no hacía más que hacer reír a Vicky con sus malos chistes y su picardía, mientras Lucía solo miraba por la ventana del auto deseando llegar pronto, se sentía fuera de lugar, sentía que no pertenecía a esa escena, que no debía estar ahí. Pasemos dejando a Luci primero, replicó Carlos dirigiéndose a Lucía en el asiento de atrás, ¿no hay problema cierto?, Lucía no lo escuchaba estaba metida en sus pensamientos, era típico de ella encerrarse en su mundo y hacerle caso omiso al mundo que la rodeaba. Chica, ¿dónde vives? Le preguntó Vicky y a la melodía de su voz Lucía despertó de su letargo, la voz de vicky era tan hermosa al tímpano de Lucía que la hizo volver en sí, tartamudeo pidiéndole a Vicky que cruzara en la próxima esquina. Aquí, aquí detente, agradeció el aventón y se bajó del auto con tanta prisa que no le dio la oportunidad a Carlos ni a Vicky de despedirse, corrió a su casa y jugaba a encontrar las llaves, Vicky se acercó a ella y nuevamente con dulzura le pidió perdón por todo lo que había sucedido. La miró fijamente, en el estadio no se había dado cuenta de los bellos ojos que tenía Vicky, sus cejas perfectas enmarcaban sus ojos verdes. Sentía millones de burbujas explotando dentro de ella, sentía que una explosión catastrófica se acercaba, su mirada causaba esa explosión, la mirada de Vicky la hacía estremecer. Le sonrió y la disculpó, Vicky se dirigió al auto para marcharse con Carlos, mientras Lucía entraba a su hogar, cerraba la puerta y se escondía en la ventana para verla partir.
·
Minutos
más tarde en la intimidad de su habitación pensaba: habían pasado tantas cosas
en pocas horas, aquella noche había sido traumante, mis zapatos fueron
pisoteados, me gritaron millones de personas en el oído, me aburrí viendo un
estúpido partido de béisbol, mi refresco estaba caliente, Carlos me ignoró toda
la noche y solo se dirigía a mí para bromear, antes de eso me habían entregado
una prueba reprobada, mis padres me presionaron, ¿qué más podía pasar? Que una
mujer alocada y grosera derramara en mí su cerveza, ¿acaso eso no fue lindo? Ja
si, muy lindo verme la camisa mojada y con olor a alcohol. Pero algo no
encajaba en la lista minuciosa de escenas fatídicas que había descrito. Cuando nombró la camisa mojada, la chica alocada, una sonrisa se guindó en sus
labios y sus ojos tomaron ese brillo que no se había visto antes. Tomó un baño
y se metió a la cama, ya era tarde y debía descansar, pero solo se dispuso a
mirar el techo repleto de estrellitas fluorescente y a pensar en Vicky, en su
mirada, en su voz, cerró los ojos y se durmió sonriendo.
Vicky vivía
en un departamento en el centro de la ciudad, sus padres se dedicaban a la
medicina. Su madre era una reconocida obstetra y su padre cardiólogo graduado
en una prestigiosa universidad. Se habían conocido en bachillerato y desde
entonces estaban perdidamente enamorados, eran la pareja típica, de rosas rojas
en cada aniversario, la botella de champan y la cena romántica para culminar el día.
Ambos tenían una agenda sumamente atareada y Vicky la gran parte del tiempo
iniciaba el día y lo culminaba sin ver a sus padres. Sin embargo, la buena educación
que le caracterizaba no era tema de discusión, desde que nació fue consentida y
educada con las mejores normas y valores imaginables. Estudió primaria y
bachillerato en colegios privados, rodeada de personas cultas y con buen
estatus social, nunca conoció las carencias pero si la ausencia de sus padres.
Solo recordaba que siempre estaban ocupados, con alguna emergencia médica, algún
recuerdo escaso compartiendo una fiesta de cumpleaños, la gran mayoría del
tiempo se le veía en compañía de Marta, su nana. Vicky era una chica totalmente
desinteresada del estatus en que vivía, no le importaba usar ropa cara de
marcas exclusivas, ni mucho menos socializar con gente de corbata en clubes
nocturnos, donde se debía comportar con clase. Frecuentaba clubes públicos,
donde bandas de rock tocaban su música inédita, lo que era causa de frecuente discusión
cuando sus padres la veían con semejante atuendo inapropiado para una señorita
de buena clase como ella. Cuando tenía 16, en honor a su cumpleaños se hizo un
tatuaje que nadie conocía más que el tatuador, ella era así, esa era su vida,
una chica extrovertida, sociable, educada, sin frenos, soñadora, sensible y
aparentemente feliz.
Lucia vivía
en las afueras de la ciudad, un tanto lejos del tráfico y del ruido urbano. Perdió
a sus padres cuando apenas horas de nacida, ella sentía el luto en su corazón,
sentía la ausencia y el vacío. Ellos no habían muerto, ni siquiera sabía quiénes
eran sus padres, prefería darlos por muertos y no chocar con la realidad. Lucía
había sido abandonada en el mismo hospital donde nació, la enfermera de turno
se hizo cargo de ella y la acogió en su seno, le dio el hogar que sus padres le
negaron y la crió como una más de sus hijos. Vivía con su madre y su hermano,
su hermana mayor se había ido hace mucho tiempo a vivir a otro país y su padre había
decidido rehacer su vida con otra familia. Era realmente brillante, tenía
excelentes calificaciones, nunca les dio ningún tipo de problema a sus padres,
era educada, atenta, cariñosa, dulce y dedicada a enorgullecer a su familia.
Carlos era su mejor amigo, quien la obligaba a salir los fines de semana, ella prefería
quedarse en casa en piyamas leyendo un buen libro, o quizás, estudiando alguna teoría,
otras veces se encerraba en su estudio a pintar, era excelente en el óleo, pero
de su talento nadie conocía, para ella pintar era más que un pasatiempo. Su
arte era surreal y onírico. Algún día alguien descubriría su talento, era lo
que su madre esperaba. Estudió toda su vida en colegios públicos, hizo buenos
amigos que con el tiempo se fueron olvidando, no eran tan buenos como ella creía. Sentía que su lugar estaba al lado de su madre y de su hermanito, sentía
la necesidad de pagarles lo que habían hecho por ella, debía pagarles todo el
sacrificio y el amor que durante años había recibido de sus padres. Prefería
mantenerse alejada de la contaminación social, eso decía con frecuencia, pensaba
que más encontraba en líneas y párrafos que en clubes nocturnos y bebidas alcohólicas,
prefería estar inmersa en su paleta manchada de pintura que en fiestas de fin
de semana. Así era ella, esa era su vida, una chica introvertida, educada,
cariñosa, inteligente, insociable y aparentemente feliz. Ahora, estas dos almas desiguales
comprenderán el sentido único de la vida, juntas empezarán a descubrir los
misterios que se encierran en las profundidades del alma, pero ellas aún no lo
saben.
Lucía
estaba en uno de esos días donde la inspiración se desbordaba en sus lienzos.
Estaba perfeccionando el rostro de una mujer, al fondo un hermoso paisaje repleto
de verdes secos, naranjas y amarillos. Estaba pintando los labios de la mujer,
eran perfectos, bien delineados, casi reales. Sonreía mientras terminaba el último
trazo, de pronto la puerta se abrió de un tirón y al mismo tiempo una sábana
blanca cubrió el cuadro, todo sucedió en un milisegundo. Era Carlos quien
entraba sin avisar y saludaba a Lucía, él notó la palidez de su rostro y por
supuesto la rapidez de ella al cubrir el cuadro. -Oye, Luci, ¿qué pintas, por qué lo
cubres,eh?- umm nada solo quiero mantenerlo oculto hasta terminarlo. Ven vamos
a tomarnos algo afuera. Aunque Carlos no parecía convencido de tal excusa
aceptó la invitación y se fueron a la parte trasera de la casa -Oye, Luci, debo
hablarte de algo muy importante. Anoche Vicky y yo nos fuimos a tomarnos un
trago, esa chica es maravillosa, es divertida, le gusta conversar de todo, es simpática,
creo que me enamoré, Luci, no creo en las casualidades y sé que ella estaba en
ese lugar por algo y, ¿sabes cuál es ese algo, Luci?. Lucía escuchaba cada palabra
y sentía que iba cayendo en una fosa profunda, sin fin y oscura, sentía que sus
mejillas ardían y su corazón se engrandecía. Las palabras de Carlos golpeaban
en sus oídos y lo miraba difuso, como uno de esos cuadros mal pintados, como
uno de esos tantos borradores que tenía tirado en el cuarto de pintura. ¿Ey, Lucía? ¿Estás ahí?- sí, te escucho, Carlos, entonces ¿qué más sucedió? Te decía, ¿sabes
cuál es ese algo?- No, dime. Es porque es la chica que siempre he estado esperando,
es la mujer de mis sueños, hermosa y divertida, la voy a conquistar y ¿sabes
otra cosa? Tú me vas a ayudar. ¿Yo? No, no. Estás completamente loco. Lucía
empezaba a sudar, estaba nerviosa, y daba respuesta a la pregunta de Carlos, en
silencio, sin pronunciar palabra alguna, solo ella y su corazón se escuchaban.
Ese algo, esa causalidad no era por Carlos, era por ella, Vicky derramó su
cerveza en mí, todo empezó por mí, fue nuestro accidente, fue nuestro encuentro,
yo la miré primero, ella me habló primero, nos miramos sin que él estuviera de
por medio, ella insistió en obtener su disculpa, él no tenía nada que ver en
eso. ¿Y ahora? Ahora pretende que sea su carnada, su cómplice, pretende que actúe para su beneficio. Pretende que logre acercarlo a Vicky, a esa mujer que con su
mirada logró robarme el corazón. ¿Cómo podría hablarle maravillas de Carlos? si
lo único que deseo es hablarle maravillas de este corazón que no ha dejado de
latir fuerte desde que me refleje en su mirada, ¿cómo podría acercarla a él? si
hasta tiemblo de nervios cuando la siento cerca de mí, es absurdo, ella jamás se
fijaría en mí, es absurdo todo esto, quizás hasta tenga un mal concepto de mi, ¿oh, Lucía, qué piensas? Ella ni siquiera recuerda que existes. No, Carlos, no puedo. Ella ni siquiera es mi amiga -No hay problema por eso, Luci, pasamos toda la
noche hablando de ti- ¿Hablando de mí?- sí, hablando de ti, ella solo me hacía
preguntas de ti, insistía en que quería conocerte más.
Lucía
pasó todo el día pensando en las palabras de Carlos, y por primera vez se sintió
dentro de un laberinto y a oscuras. Esa noche en un reconocido rock bar había
un importante toque de bandas y Vicky ya estaba al tanto, ya tenía
planificada la salida con anticipación y no dudaba en divertirse a lo grande. Tomó
su teléfono celular y llamó a Lucía. ¿Hola, Lucia?- ¿si quién habla?- Soy Vicky
te llamaba para invitarte a un sitio que se que te va a gustar, tocaran buena música,
habrá buen ambiente y buena bebida. Uhm, lo siento, lo siento que pena,
disculpa mi mala educación. Cuéntame ¿cómo estás? Un silencio solemne cubrió la
línea, Lucía se había desmayado mentalmente, no podía creer lo que estaba
sucediendo, caminaba por toda la casa y no hallaba que decir. ¿Holaaaaa me
escuchas? De pronto Lucía no la escuchó más y la llamada se colgó. ¡Rayos! ¿Qué
fue eso? Vicky ¿llamándome? Esto debe ser obra de Carlos, si eso debe ser, cálmate
Lucía ella no te llama porque le interesas, es solo por orden de Carlos. Dios, pero que tonta fui, ni siquiera le hablé, pensará que soy una grosera. El corazón
le latía con desespero y sus mejillas ardían, corrió a su cuarto de pintura,
quitó la sabana del cuadro y se desahogó con la paleta y el lienzo. En cada
pincelada, la voz de vicky retumbaba en sus oídos, la mirada se reflejaba en la
pintura y su silueta en el paisaje. Miraba el teléfono con la esperanza de que
ella volviera a llamar, pero eso no sucedió, se resignó y se concentró en
terminar su obra.
Había
transcurrido media hora cuando Lucía escuchó la voz de su madre avisándole que
alguien la esperaba afuera. Vestía su traje especial de pintar, una bata blanca
cubierta de manchas de pintura, el cabello recogido y lentes de lectura. Salió
despacio con la leve impresión de que una sorpresa le aguardaba, ella estaba de
espaldas mirándose en el espejo de la sala, Lucía se quedó estática mirándola,
con los ojos bien abiertos, el corazón acelerado y las manos inquietas limpiándose
de la bata. Vicky la miró por el espejo y volteo a saludarla. Se acercó y la
besó en la mejilla -Hola, Lucia, ¿cómo estás? Discúlpame que me aparezca así es
que intenté llamarte y creo que tu amigo Carlos me dio el número equivocado.
Lucía permanecía en silencio. Verás, esta noche asistiré a un encuentro de
bandas de rock y ¿adivina qué? Vine a invitarte, no quiero ir sola. ¿Qué dices, vamos? Lucía sintió que alguien le daba un fuerte golpe en la espalda y le
ordenaba que ya hablara de una vez. ¿A un encuentro de rock? -Ohm, bueno, no sé,
no creo poder. Estoy algo ocupada con un trabajo de la universidad. Vicky tomó
las manos de Lucía y ella la miraba con un rostro indescifrable. Por favor acéptame
la invitación, no te arrepentirás- Uh, está bien acepto, ahí estaré ¿dónde es?-
bien, paso por ti a las 8:00 PM ¿Vale? Le guiñó el ojo y se marchó. Lucía se sentó
en el sofá estiró las piernas y gritó, ¡Siiiiiiiiiiiiii! Su madre la miraba
desde la cocina y se hacía miles de preguntas.
Estaba tan emocionada que había olvidado cubrir el cuadro en el cuarto de
pintura, dejó todo tirado y se fue a la ducha. Pensaba en qué vestir, quería
llamar la atención de Vicky, quería sentirse hermosa para semejante ocasión.
Estaba realmente emocionada y nerviosa de tan solo pensar que saldría a solas
con ella. Tenía armado en la memoria miles de diálogos, tenía todo planeado,
cada palabra, para no parecer torpe ante ella. Eran las 7:00 PM y ya estaba lista,
usó su mejor perfume, su mejor atuendo y sus mejores zapatos, se soltó el
cabello y se maquilló. Su madre se paseaba frente a su habitación y la seguía
mirando llena de preguntas y curiosidades. Algo le parecía extraño, nunca había
visto a Lucía tan feliz y mucho menos tan animada de salir -¿A dónde vas?-
Voy a salir con una amiga mamá, con la chica que vino- ¿Y por qué tan
entusiasmada, pasa algo?-No mamá solo quiero salir y pasarla bien, es todo. Como
toda madre intuitiva empezó a buscar pistas, Lucía ya no era la misma, algo
extraño sucedía con ella, estaba enamorada y su madre lo averiguaría a como
diera lugar. Se fue directo al cuarto de pinturas, ese cuarto tan lleno de
secretos, de recuerdos y para Lucía era todo un santuario. Ahí estaba la
pintura al descubierto, era un cuadro bien trabajado, con bellos colores
brillantes y secos, difuminados y bien trazados, en la arena dorada adornada de
palmeras posaban dos mujeres, unidas por un beso. Una de ellas era Lucía y la
otra Vicky. La madre de Lucía al ver semejante escena de un grito la hizo venir
y le exigió una explicación, entre lágrimas y gemidos Lucía le suplicaba a su
madre que la escuchara, el cuadro fue destruido de inmediato y Lucía fue
despojada de toda privacidad, su teléfono celular fue a parar a la basura junto
a los restos del cuadro hecho trizas -Vete a tu habitación y no salgas hasta
que tengas una buena explicación a esto Lucía- no acepto en mi casa este tipo
de conductas, vete, y pídele perdón a Dios por semejante abominación. Lucía corrió
envuelta en lágrimas, y se lanzó a la cama desolada, su corazón estaba partido
en pedazos, tenía miedo, rabia, tristeza y solo pensaba en Vicky y en su cita.
Todo se había estropeado, necesitaba ponerla al tanto pero todo parecía ser
imposible. Minutos más tarde, Vicky puntual se encontraba golpeando la puerta y llamaba con insistencia, la madre de Lucía con el ceño fruncido y sin darle oportunidad alguna de hablar la corrió ordenándole
que nunca más fuera a buscar a su hija, Vicky no sabía que había sucedido, no sabía
que había hecho mal y mucho menos porqué había sido tratada de tal
forma, sin defensa alguna subió a su auto y se marchó. Lucía la miraba por la
rendija de la ventana y lloraba desconsolada mientras ella partía.
Vicky
estaba totalmente desconcertada no comprendía la actitud de la madre de Lucía,
se sentía mal, sola, sentía una enorme sensación de vacío. Pero una vez más comprendió
que ella no pertenecía a ese lugar, que solo era un error, una mala
coincidencia. Mientras conducía, una lágrima rodaba por su mejilla, esa lágrima
brillante y cristalina que siempre aparecía cuando Vicky se sentía sola. Ella
no se daba por vencida tan fácilmente, pero esa vez sintió que ya no tenía
fuerzas para seguir buscando compañía, ella solo quería a una amiga a alguien
que sintiera lo que ella sentía, que lloraran juntas y resolvieran la gran incógnita
de la vida, alguien que le diera una palmadita en la espalda y la acompañara a
sentirse sola, eso ella quería, una amiga para compartir la soledad. Subió a su
departamento y se fue al balcón, el sitio donde podía meditar y filosofar de la
vida sin ser cuestionada. Ahí permaneció largo rato, perdida en el infinito de
las estrellas, la brisa la bañaba con su frialdad y ella dejaba correr su lágrima
perpetua.
Lucía
estaba nuevamente en el cuarto de pintura, había pasado una semana desde el
descubrimiento del cuadro. No había visto a Carlos, no sabía nada de Vicky y
eso era lo que la mantenía cabizbaja, como ausente, hundida en pensamientos. Ahora
eran dos islas desiertas separadas por muchas leguas. Vicky era la cima de esa
montaña casi imposible de escalar y Lucía era ese alpinista aferrado a la roca
con todas sus fuerzas para lograr llegar a la cima. De todos los ángulos parecía
imposible, pero nadie sabía que esas dos almas casi gemelas, empezarían a
chocar gracias a las gravedades de la vida, de esas que no comprendemos. Eran
las 3 de la tarde hacía un sol inclemente, Lucía decidió dar un paseo por la
playa, quedaba a pocos minutos de su casa, no tuvo problemas para salir, su
madre cumplía con horas extras en el hospital, salió de prisa antes que regresara y se sintiera presa de su egoísmo. Minutos después Lucía
observaba el paisaje, el mar se unía con el cielo, la brisa cubría todo mal, el
olor a mar la relajaba, sentía que en ese lugar de Dios nadie podía hacerle
daño, nadie podía prohibirle amar, en un lugar tan hermoso como ese, nadie
podía odiar, nadie podía alzar la voz para dañar, para humillar, porque ahí
estaba Dios y él no lo permitiría. Abrió los brazos al viento y nombró a Vicky,
con la esperanza de que su voz se la llevaran las olas, el viento, las gaviotas
y lograra llegar a ella. Continuó caminando por la arena, mirando sus pies
arenosos, dejando que el agua la mojara y la refrescara. Mientras caminaba sin
rumbo por la orilla de la playa, divisó a lo lejos a una chica que le parecía
familiar. Vicky, ¿es ella? Es Vicky, corrió un poco y luego se detuvo, vaciló.
Luego volvió a acercarse más, le costaba identificarla, no se dejaba ver los
ojos, tenía lentes oscuros, un pañuelo cubriendo su cabello y la cabeza metida
entre las rodillas, parecía triste, no podía ser Vicky, esa no era la chica que
había conocido. Tomó fuerzas y se acercó más, titubeo, ella ni siquiera se había
percatado que alguien estaba ahí a punto de hablarle. Vicky ¿eres tú?, levantó
la cabeza y se quitó los lentes, y ahí estaban esos ojos verdes, hermosos, como
profundas aguas cristalinas, transparentes y puros. Se levantó con rapidez y se
aferró al cuello de Lucía, lloró como una niña indefensa, y le suplicaba que no
la dejara sola, Lucía no hallaba qué decir estaba sorprendida -Perdóname, Vicky, replicó Lucía, yo no quise... Shh, no digas nada, solo abrázame y prométeme
que no me dejarás sola ahora, no me dejes ir, no me abandones, porque estoy a
punto de irme, no me sueltes Lucía, sálvame de este mal que me cubre el alma, sálvame, Lucía. Permanecieron largo rato amarradas en ese abrazo, Vicky abrió su corazón
y dejó salir todos sus temores, se los mostró a Lucía, aun cuando sabía que
solo era una desconocida, aun cuando sabía que aquello era una locura, no le
importó, le contó todo lo que sentía, todo lo que sufría en silencio y Lucía
recibió todo aquello con ternura, sin juzgarla, sin hacerle preguntas, sin
presionarla, solo la escuchó en silencio, sin más. El sol se empezó a esconder,
y sentadas en la arena, con los pies cubiertos de ella, permanecían ambas,
contándose sus pesares, desnudas, entregándose una a la otra, desnudas de
secretos, desnudas de confianza y entregándose en comprensiones, en amistad, en
consejos -Debo irme es tarde, mi madre debió haber llegado, no quisiera
marcharme pero debo hacerlo.-Comprendo, ve, pero promete que volveremos a
vernos, es más, te espero mañana aquí en este mismo lugar. Lucía sonrió y
confirmó su asistencia, soltó la mano de Vicky y se marchó, mientras caminaba,
volteaba a mirarla y sonreía. Lucía se sentía triste, feliz, preocupada,
esperanzada. Le preocupaba la situación emocional de Vicky pero se propuso salvarla,
así como ella se lo pidió, llegó en el momento justo y sabía que no era una
simple casualidad, una vez más el destino las había unido.
Las cosas
empezaban a mejorar, Lucía se sentía más libre y su madre se había olvidado del
incidente con el cuadro, eso pensaba. Cuando se acercaban las 3:00 de
la tarde no importaba nada más que ir al encuentro con Vicky, se habían hecho
excelentes amigas, reían y lloraban juntas, se divertían, pasaban el rato
contando historias y viejas anécdotas. Vicky desconocía los verdaderos
sentimientos de Lucía, pero para ella era más que suficiente tenerla cerca, ser
su amiga, ver sus ojos verdes y abrazarla cuando lo necesitara. Todo era
perfecto, todo marchaba muy bien, en tan pocos meses, había asistido a un toque
de rock, había visitado una tienda de tatuajes, había intentado patinar en
rampas y había vuelto al estadio a ver un partido de béisbol. Todo aquello que rechazaba
lo había hecho gracias a Vicky y a su maravilloso don de convencerla en todo,
en realidad, todo lo hacía con gusto, desde que se conocieron la vida le
parecía divertida. Esa tarde llegó después de Vicky, y se quedó observándola
desde lejos. Estaba sentada en el mismo sitio de siempre, tenía el cabello
suelto y la brisa la despeinaba, jugaba con la arena y al fondo el hermoso
paisaje, las gaviotas sobrevolaban y adornaban el cielo. Los veleros a la
distancia parecían manchitas de diferentes colores que se movían con lentitud.
Sus pulmones se llenaban y vaciaban al compás de la brisa, Lucía quedó extasiada,
solo deseaba tener su paleta, el lienzo e inmortalizar aquel espectáculo, donde
Vicky era la estrella, las más hermosa y perfecta estrella -Ey, chica- Vicky
volteó y sonrió, mientras Lucía le tomaba una fotografía -¿Sabes, Luci, se me ocurrió
una idea magnifica, ya que eres excelente pintora, quiero que me retrates,
quiero que hagas el más espectacular cuadro, donde yo pose. Sí, vamos a hacerlo
¿está bien?- Recordó el cuadro, a su madre furiosa y todo lo que había
pasado, se quedó en silencio. Vicky se levantó la tomó de la mano y le dijo: -Vamos, Lucía, hoy será un día diferente, vamos a mi departamento, quiero que te
luzcas hoy más que nunca.
Lucía
preparaba pinceles, pinturas, lienzo y demás herramientas de trabajo. Estaban
en la sala, era amplia, pulcra, el piso cubierto con una alfombra gris,
acolchada y comodísima. Había un cuadro familiar adornando la pared lateral, la
ventana de cristal permitía el reflejo de las estrellas que empezaban a salir,
la lámpara iluminaba todo el espacio, parecía frágil y costosa. Todo era
ordenado, limpio y moderno, pero se respiraba vacío, silencio, ausencia,
lágrimas, tristeza, abandono. Solo eran paredes, techo y lujos, no era un
hogar. Lucía comprendió en totalidad el sentimiento de vacío que padecía Vicky,
evidentemente el dinero no compraba un abrazo, el dinero no la acompañaba ni
mucho menos la hacía feliz, ella solo era una princesa a oscuras, con estrellas
brillantes a su alrededor que se encendían solo cuando sonreía, cuando se sentía
acompañada, mientras, permanecían a oscuras al lado de ella, estáticas, sin
brillar. Ya todo estaba preparado, el sofá de cuero negro sería el sitio donde Vicky posaría. Lucía se sentía nerviosa de bañarla con su mirada enamorada, temía
que ella notara algo, pero aun así, se sentía segura y firme, era un honor
inmortalizar su belleza, era mágico usar su don para capturar la belleza de
Vicky en el lienzo, era orgásmico, era pleno, se sentía sumamente feliz y
deseaba que el tiempo rompiera las manecillas de todos los relojes del
universo, y la obedeciera, quería vivir por siempre así, feliz de tenerla solo
para ella. Pero algo que no esperaba sucedería en minutos, algo que rompería la
magia, que le ordenaría al tiempo cambiar su curso, que la bajaría del cielo y apagaría
de inmediato el brillo de sus ojos. El timbre sonó y Vicky le pidió a Lucía que
atendiera, abrió la puerta y era él, Carlos, su gran amigo Carlos, el que tanto
quería, su confidente, su compañero de infancia. Carlos, el que empezaba a
convertirse en su peor pesadilla.
Carlos
era el mejor amigo de Lucía, era más que eso, era quien la acompañaba en
aquellos momentos donde sentía que no podía existir nadie más en el planeta
entero dispuesto a soportarla, ella lo amaba, lo veía como su hermano, su
cómplice, su guardián. Carlos siempre estuvo a su lado, fue su verdadero amigo,
no como los que parecían serlo y el tiempo los hizo recuerdos, él permanecía a
su lado, tanto así, que ahora permanecía a su lado compartiendo sentimientos
hacia la misma mujer. Ambos se habían enamorado de Vicky, ahora no compartían
solo momentos y una hermandad, ahora compartían deseos, ilusiones,
sentimientos, amor y sueños con un nombre en común, "Vicky". Lucía estaba en el
lienzo, ellos posaban y ella hacia lo que mejor sabía hacer, sonreía con
incomodidad cada vez que Carlos intentaba acercarse más a Vicky, ambos
bromeaban y los celos carcomían el corazón de Lucía, afortunadamente todo era
interno, los gritos en su cabeza no se escuchaban, su corazón inquieto tampoco
se hacía escuchar, todo permanecía en silencio en el exterior, pero por dentro había un ruido ensordecedor.
Muchas veces tuvo que contener las ganas de gritarle a Carlos que se apartara
de ella, pero todo era mental, en su imaginación era tan valiente, que se veía
tomando a Vicky en sus brazos y confesándole su amor. Las horas parecían
interminables pero finalmente como buena profesional terminó la pintura. Vicky quedó sorprendida y en agradecimiento la besó en la mejilla, aquel beso
volvió a producir ese millón de burbujas explotando dentro de ella, se sonrojó
y disimuló el color de sus mejillas recogiendo sus herramientas de trabajo. Se
fueron a la terraza a mirar las estrellas, tomar vino, escuchar música y
platicar. Carlos no perdía la oportunidad de seducir a Vicky y ella solo
bromeaba y sonreía, no demostraba interés alguno en él y eso mantenía a Lucía
tranquila, no todo estaba perdido, Vicky no le pertenecía, pero tampoco le
pertenecía a él, no le pertenecía a nadie y eso le daba gusto. Ahí estuvieron
largo rato, hasta que Lucía debió irse a casa antes de que su madre llegara del
hospital, el temor a su madre se había sembrado desde el acontecimiento con el
cuadro, pero eso solo ella lo sabía y no tenía ganas algunas de comentarlo con nadie. Carlos la acompañó a casa y en el
trayecto algo que jamás imaginó sucedió. Carlos le hizo preguntas que la
hicieron estremecer, él la conocía tanto como la conocía su madre, el pudo
percibir que algo extraño sucedía en ella y estaba inquieto de saber qué era -Lucía, ¿por qué mirabas de esa manera a Vicky, algo sucede entre ustedes? – ¿De qué hablas, Carlos?, no pasa nada somos buenas amigas, tu interés por ella te está enloqueciendo. – No lo sé, Luci, pero la mirabas con una mirada que jamás había
visto en ti, era diferente a como me mirabas a mí, ¿tienen algún problema?
Carlos seguía siendo tan tonto que descifró mal la miraba de Lucía, era
evidente que ella la miraba enamorada, como se mira a la persona que entiende
tus latidos, como se mira a la persona que cambia los colores a tus días
grises, como se mira a la persona que te complementa, como se mira a la persona
que le da sentido a tus días, así era la mirada de Lucía hacia Vicky y por
fortuna Carlos no lo había entendido. – No pasa nada, tonto, ve a casa y nos
vemos pronto. Se despidieron y Lucía entró a su casa, en la sala la esperaba su
madre –Por fin llegas, tengo horas esperando por ti. – Mamá, estaba con Carlos,
no sabía que estabas en casa de saberlo hubiese venido antes. – Mañana a
primera hora te necesito lista para salir, vamos a visitar a alguien y necesito
que me acompañes. –Pero, mamá, no puedo debo ir a la universidad. – Luego,
necesito que me acompañes, Lucía, no esperes que entre a tu cuarto a
despertarte, a las 7:00 AM debemos salir, que descanses- Lucía se fue a su
habitación y se acostó a ver su techo lleno de estrellas fluorescentes, algo no
estaba bien, ¿a quién visitarían con tanto interés, por qué debía ir ella, qué
tan importante era? Esas y muchas más preguntas se hacía lucia mientras el
sueño la vencía.
Era un
nuevo día, Lucía no sabía lo que iba a suceder pero siempre estaba preparada,
con su corazón firme dispuesto a luchar contra todo lo que se presentara. Salieron
a la hora indicada y en el trayecto el silencio era la conversación entre ella
y su madre, ninguna de las dos se atrevía a pronunciar palabra alguna que
rompiera la pared que se había levantado entre ellas. Tenían muchas cosas que
decirse, sentimientos que aclarar, confesiones qué hacer, pero no se sentían
valientemente capaces de dar el primer paso. Julia, la madre de Lucía iba
concentrada en una lectura en el asiento trasero del auto, el trayecto sería
largo y era de su preferencia sumergirse en una buena lectura para acortar el
camino. Lucía iba hundida en pensamientos, preguntándose una y otra vez a quién
irían a visitar tan misteriosamente, sin embargo, eso no le causaba tanta
preocupación, solo pensaba en Vicky, en cuánto la extrañaba y los ruidos a su
alrededor dejaban de tener importancia. Una hora después el auto se detuvo en
un pequeño pueblo de casas humildes, un tanto desgastadas, no había carreteras,
el camino era de tierra y estaba charcoso, niños descalzos y desnudos corrían
por alrededor de una cerca. El ambiente olía a montañas, a lluvia, a hierba
recién cortada. De una de las casitas salió un hombre alto, delgado y bien
parecido. Tenía los pantalones enrollados hasta las rodillas y una franelilla.
En la mano tenía una taza humeante, se acercó al auto y saludo a Julia -Señora,
¿Cómo estuvo el viaje? Llegó a tiempo, el café esta recién colado. – Hola, buen
día, estamos aquí y es lo importante, temo ensuciarme los zapatos, no me
informaste del estado del camino. –Anoche llovió, señora, los caminos se inundaron
y cómo ve lo que queda es barro. – López, ella es mi hija Lucía, discúlpenme por
no presentarlos. –Lo imaginé, señora, guarda mucho parecido con su madre. Lucía lo miró
extrañada, pues era evidente que no tenía parecido alguno con Julia. – ¿Mamá, de
qué habla, acaso este hombre conoce a mi madre? – Todo a su tiempo, lo sabrás
en su momento. –Pero, mamá, me pones nerviosa, ¿por qué hizo ese comentario?
López, interrumpió la conversación y les indicó pasar a la casa, entraron a una
pequeña sala, escasa de muebles. Se sentaron en unas sillas de madera, una
mujer anciana con aspecto de cansancio les dio una taza de café caliente,
miraba a Lucía como quien mira un fantasma. La hizo sentir nerviosa e
inquieta, con muchas preguntas que hacerle a su madre. Pero esta, con la
intención de evadir su nerviosismo, tomaba sorbos del café y conversaba con López
acerca de las labores del hospital. De
una de las habitaciones se escuchó una voz ronca de mujer, llamaba a López con
insistencia. Lucía aprovechó la oportunidad que tuvo a solas y atacó a Julia
con preguntas. – ¿Aquí está mi madre cierto?
Si es así, me marcharé, no tengo intención de cruzar palabra con nadie
que lleve mi sangre. ¿Acaso quieres deshacerte de mí, mamá, por qué ahora?
–Lucía, ya basta, haz silencio y no juzgues sin saber lo qué dices. Está bien,
estamos aquí porque di con el paradero de tu madre, ella está aquí en una de
esas habitaciones, quiere verte, quiere hablarte, quiere contarte su historia,
quiere defenderse, esto lo hago porque te amo y porque sé que te hará bien
sanar esta herida. – No, tú eres mi madre. Nadie más lo puede ser más que tú,
no deseo verla, quiero irme ya, mamá, por favor sácame de este lugar. López una
vez más interrumpió la conversación indicándole a Julia que se acercaran a una
de las habitaciones. –Vamos, Lucía, este es tu momento, tu espacio, tómalo y
actúa con inteligencia. Lucía se levantó de la silla, sus manos sudaban y tenía
ganas de huir, de no conocerla, no quería escuchar ninguna historia, no quería
escuchar ninguna defensa. Y pensaba -Vicky, te necesito, como quisiera estar
contigo ahora y no aquí en este lugar que me produce de todo menos felicidad,
ahora soy yo la que necesita ser salvada por ti, ven, Vicky, ven a mí. Sentía
que todo el cuerpo le temblaba y el corazón le daba brincos en el pecho, entro
lentamente a la habitación que permanecía a media luz. Al fondo había una cama
y en ella reposaba una mujer cubierta con sábanas, había un olor fuerte a
medicamentos y plantas medicinales, Lucía sentía que las palabras no le
saldrían de la boca, se sentía muda mientras continuaba acercándose a la silla
justo al pie de la cama. –Toma asiento muchacha. La voz de la mujer era ronca,
al parecer padecía alguna enfermedad pulmonar, estaba pálida y con muy mal
aspecto. Parecía que no había dormido en muchos días, sin embargo, su belleza
era evidente. Al acercarse pudo definir los rasgos de su rostro y quedó
sorprendida con el parecido físico que tenía con la mujer enferma. Era joven
pero la enfermedad le había cargado algunos años a su apariencia. Tomó asiento y tenía las manos apretadas, era signo de su estado de nerviosismo,
pero se armó de valor y decidió tomar el control de la situación, quería saber
muchas cosas y esa era el momento de hacer las preguntas. – ¿Quién es usted?
Respóndame en la medida que pueda he notado su estado. –Un día escuché de la boca
de un anciano que todos tenemos un reflejo en otro lugar, es como si te miraras
en un espejo desde un sitio remoto. Te marchas, te alejas pero el reflejo queda
ahí, vivo, toma tu carne, tus huesos y tu alma. No había comprendido sus
palabras hasta ahora que te estoy mirando, es como si me estuviera mirando en
un espejo, pero más joven y hermosa. Tú eres mi reflejo, me alejé, te dejé pero
quedaste ahí, con mi sangre y mi rostro. Puedo morir en paz sabiendo que tú
quedarás reflejándote en mí. Discúlpame la lentitud de mis palabras, me cuesta respirar.
–No se preocupe, señora, tengo tiempo suficiente para escucharla. –Es posible que yo no tenga el tiempo
suficiente para contarte todo lo que pasó con tu nacimiento, pero intentaré
hacer lo mejor para que conozcas mis razones. Yo era una jovencita, mucho más
joven que tú, necesitaba conseguir dinero para ayudar a mi familia, no teníamos
estabilidad económica. Todos los días iba en busca de trabajo en casas
importantes de personas que trabajan en la ciudad, nadie me aceptaba por mi
edad, temían darle trabajo a una niña menor de edad sin permiso de sus padres. Un
día me aceptaron en la casa de un abogado, era una casa amplia que necesitaba
ser aseada diariamente, yo sin pensarlo acepté. Iba todos los días a cumplir
con las asignaciones de la señora, el señor era de edad avanzada y siempre me
proponía ganar más dinero si… -¿Si tenías sexo con él?- Sí, yo con el deseo de
ganar más dinero aceptaba sus proposiciones. –Por favor señora no me interesa
saber más nada, he escuchado lo suficiente, debo irme. –Espera no te vayas,
escúchame, solo esta vez, si quieres luego olvídame, hija. Quedé embarazada y
huí, él nunca supo de mi embarazo. Yo temía perderte, yo te amaba. Pero nuestra
situación económica era cada vez peor, no teníamos cómo alimentarnos. Era un
embarazo de alto riesgo, pude haber perdido la vida o quizás tú la hubieses
perdido. Hasta el último día de embarazo seguía trabajando, esa vez en unos
sembradíos, una tarde perdí el conocimiento debido a los fuertes dolores de
parto y caí encima de la maleza. Unos hombres que iban de paso por el lugar me
llevaron al hospital más cercano y ahí te di a luz, tú estabas muy pequeña,
necesitabas cuidado, alimentación, higiene. Una enfermera estaba a mi lado
cuando te pusieron en mis brazos, yo te entregué a ella sin darle explicaciones
y le pedí que cuidara de ti. Lucía lloraba en silencio escuchando cada palabra
de la mujer enferma, prefería seguir dando por muertos a sus padres que haber conocido
semejante historia, aquello jamás lo había imaginado, se sentía culpable por
haberla juzgado durante años, pero tampoco le aplaudía sus actos
irresponsables. Lo siento, señora, creo que no tengo nada que decir al respecto,
debo irme. La mujer la tomó de la mano con delicadeza. –Está bien, ve con tu
madre, ahora si me siento sana. Sé mi reflejo, muchacha, pero sé un buen reflejo
y no uno distorsionado como el que vez ahora en mi. Por cierto, tienes un
hermoso nombre, Lucía. Se levantó de la silla y se soltó de la mano de su ahora
nueva madre, salió de la habitación y corrió al auto que esperaba desde hace
largas horas fuera de la casa, sus pantalones se ensuciaron de barro y sus ojos
se inundaban cada vez más de espesas lágrimas. Julia salió detrás de ella y
entro al auto, la apretó a su pecho y le indico al chofer volver a la ciudad.
Lucía
estaba deshecha, no quería pensar en todo lo que había visto y escuchado de los
labios de aquella mujer agonizante. Estaba confundida y solo deseaba sentir un
fuerte abrazo, deseaba que fuera Vicky quien la abrazara y secara sus lágrimas.
La llamaba a gritos en silencio mientras Julia permanecía a su lado consolando
su dolor. Al llegar a casa corrió a su
habitación y permaneció ahí en silencio durante todo el día, necesitaba poner
en orden sus sentimientos, su madre biológica estaba con vida pero corría el
riesgo de volverla a perder. El corazón de Lucía era tan infinito como el mar
que todas las tardes iba a admirar, en ella no había rencor, no había cavidad
para semejante sentimiento. La voz de julia llamándola a la puerta de la
habitación la despertó de un leve sueño, -Lucía, Carlos te espera, está aquí
para hablarte. –Está bien, mamá, iré en un momento. Carlos estaba en la sala
esperandola, no estaba solo, Vicky estaba con él. Lucía al verla sintió
que un baño de luz la empapó por dentro, quería correr a abrazarla y sollozar
en su hombro pero pensó en Carlos y en su madre y se detuvo. Carlos se acercó a
ella y la abrazó con fuerza, ella se hundió en sus hombros y miraba a Vicky,
ella la miraba y se abrazaban a través de sus ojos. Ha vuelto, mi madre ha
regresado. La vi en su agonía suplicando que la comprendiera, fue incómodo
verla así y no poder decirle todo lo que en años tenía planeado decirle,
reprocharle y exigirle. No tuve fuerzas para tal cosa, ella está muy enferma y
no deseo contribuir a su muerte. –Oh, Luci, si necesitas ayuda sabes que mi
padre puede ayudarla, él le brindaría su atención. –No lo sé, estoy peleando
con mis sentimientos, ella no es mi madre. Julia es mi madre ella estuvo a mi
lado todos estos años, solo a ella le debo mi vida. Julia escuchaba desde el
pasillo y sonreía de gratitud, estaba orgullosa de haber sembrado en Lucía los
hermosos sentimientos que la caracterizaban. Aunque no aceptaba su lesbianismo,
le atribuía ese aborrecimiento a su madre biológica, Julia seguía cerrada
totalmente a aceptar la idea de que Lucía fuera diferente. Miraba de reojo a
Vicky y le demostraba su disgusto por estar en su casa, Vicky seguía sin
comprender la actitud desafiante de Julia pero más le interesaba la situación
por la que Lucía estaba atravesando, ella debía estar ahí tal y como lo estuvo
ella cuando más la necesitaba. Ahora ella no era una desconocida, era su mejor
amiga y debía cuidarla. Mientras conversaban en la sala Lucía daba
detalles de lo ocurrido en el pueblo que visitó, pero algo la distrajo, algo
que prendió todas las alarmas dentro de su corazón y la hicieron temer. Ellos
parecían dos peces juguetones en el mar, Carlos con su mano inquieta acariciaba
la rodilla de Vicky, ella le correspondía posando su mano en la de él. Lucía
perdió el hilo de la conversación y se dispuso solo a observarlos y
escucharlos. Carlos para suavizar el momento de tensión y relajarla contaba sus travesuras de infancia, donde ambos participaban. Vicky le
acariciaba el hombro y él la miraba y sonreía, Lucía fue acumulando presión
dentro de sí, un torbellino estaba recorriendo su cuerpo, un volcán estaba a
punto de vomitar lava, ya no aguantaba un segundo más, no soportaba ver
aquellas caricias extrañas entre ellos, aquello no podía ser posible, Carlos
finalmente había ganado y la había conquistado, pensaba. Mientras dormía y la
miraba en sueños él estaba a su lado conquistando su corazón, mientras yo la
amaba en silencio él la amaba a gritos, mientras yo soñaba, el lo hacía
realidad. Se dejó caer en la ira y explotó retumbando las paredes. –Ya basta,
basta, Carlos. Ambos quedaron sorprendidos ante aquel grito inesperado. – ¿Qué pasa, has enloquecido? Exclamó Carlos. – ¿Estás bien, Lucía?, replicó Vicky. –Lo
siento, muchachos, no estoy bien creo que debo irme a la cama, ¿los veo mañana?
Corrió a su habitación y cerró la puerta de un golpetazo. Carlos y Vicky se
miraron totalmente fuera de sí y se marcharon. El mundo se le derrumbaba, el cielo estrellado de su habitación no estaba como ella lo había
dejado, ahora todo estaba a oscuras, ni siquiera podía reconocer las grietas de
su techo, esas grietas que tanto tiempo habían estado allí, solo que estaban
cubiertas de estrellitas plásticas fluorescentes. Justo así estaba su vida en
ese instante, llena de grietas, de viejas y nuevas grietas que estaban
tapizadas de fantasías. Su madre muerta había vuelto, ahora con vida y
muriendo. Y su amor Vicky, su gran amor Vicky, era el amor de otra persona, de
Carlos su único amigo.
¿Qué tan enamorada estaba Lucía de Vicky? ¿De qué sería capaz para demostrarle su amor e intentar recuperar lo que Carlos le había arrebatado? Llevaba todo el fin de semana desvelándose en el cuarto de pinturas, los mejores cuadros lo había hecho en dos días. Cuando peor se sentía mejor corría el pincel por el lienzo, ahora no era un cuadro, eran muchos cuadros, dónde aparecía la misma mujer, la misma silueta, los mismos ojos, los mismos cabellos, el mismo amor. Ahora era irrelevante que Julia se diera cuenta de aquellas magnificas obras, por las venas de Lucía ya no corría sangre, corría amor, un amor herido y cuando el amor herido corre en vez de la sangre no hay miedos que se puedan hacer presentes. Había recibido interminables llamadas de Carlos y Vicky pero Lucía había ordenado que no fuese molestada mientras estuviera en su labor artística.
Día sábado, 7 PM iba Lucía caminando por las hileras de luces en la amplia avenida, era una valiente en lucha, no sentía el peligro, pues no había peligros, solo ella, su corazón gritándole fuerte y sus pies que no se detenían. Un objetivo en mente, un destino visible y palpable, un nombre en los labios y un amor herido corriendo sin frenos. El repicar del celular la advirtió, se detuvo un instante, era Vicky quien insistía una vez más. Guardó el celular en la funda de su chaqueta y continúo su trayecto. A poca distancia estaba un alto edificio de elegantes ventanas, en una de las ventanas la luz se disparada en fuego, chipoteaba algarabía, fiesta, celebración. Miró desde abajo, metió sus manos en las fundas de la chaqueta y se dispuso a subir. Minutos después estaba frente a una puerta dorada, desde afuera se lograba escuchar el ruido de una música en su alto volúmen. Se arregló el cabello, mojó sus labios, enderezó el cuello de su chaqueta, respiró profundo y tocó el timbre. Un señor alto, de piel blanca y voz gruesa la recibió. –Hola, si eres amiga de Vicky bienvenida. Lucía sonrió y entró recorriendo la sala con la mirada, no la veía, había mucha gente reunida en pequeños grupos por todo el lugar. -¿Oiga, señor, dónde está Vicky? El ruido musical no permitía que fuera escuchada, de pronto volteó la mirada hacia la ventana y ahí estaba Vicky, sintió que algo por dentro la empujaba hacia afuera, sintió su amor herido corriendo a kilómetros por sus venas, era la hora, no había marcha atrás, era ahora o nunca. Se acercó hasta ella, la tomó de la cintura y sin mencionar palabra alguna que la disculpara por su anterior comportamiento, besó los labios de Vicky con la misma intensidad de su corazón rebelde. Todos los ojos cayeron sobre ellas, un silencio incómodo invadió el espacio y la voz de Vicky con tono disgustado rompió aquellos cristales del silencio. - ¿Qué haces, por Dios, Lucía qué rayos haces?, los ojos del padre de Vicky penetraban en la espalda de Lucía, ella miraba a todos lados ahora consciente de lo que había sucedido, aquella gente celebraba el cumpleaños de Vicky y ella por ignorar las repetidas llamadas lo desconocía, escogió el peor momento, el peor lugar, el peor día de su vida para volverse valiente, para dejar correr su amor herido, ahora ese amor herido ya no podría correr más, sus venas habían estallado dejando sin control el torrente que ahora cubría su cuerpo entero. Vicky dejó caer en la mesa el vaso de su bebida y se fue a su habitación, Lucía derrotada y sin fuerzas decidió marcharse, sentía que las paredes le caían encima, o peor aún, sentía que el edificio entero le caía encima y la dejaba viva para que agonizara lentamente.
Día sábado, 8:15 PM. Iba Lucía caminando por las hileras de luces en la amplia avenida, miraba sus pies pesados dando tumbos sin sentido, sentía en sus hombros un peso enorme que la hacía encorvar su cuerpo, el peso de su conciencia le repetía en el oído el error que acababa de cometer. Nada estaba bien, había ido a luchar y había perdido, estaba desangrada, derrotada y sin un mañana que arreglar. ¿Madre, que buenas excusas tuviste para dejarme a la suerte de Dios, podré yo ahora soltarme al viento y que sea Dios quien me dé el rumbo que he perdido? Madre, ven a mí, vuelve a soltarme al viento, vuelve a soltarme a la suerte, vuelve, madre, y dame tu lugar, seré tu reflejo perfecto, marchitada en tu humilde cama, madre, intercambiemos penas, soy yo la que debería estar en tu agonía –musita Lucía, mientras continuaba caminando por la larga avenida, sin un destino visible ni palpable.
Perdida,
perdida en un sin fin de sentimientos estaba Lucía, pero aun así, su corazón
seguía latiendo y debía continuar viviendo, no había otra forma. Ese corazón
infinito aún tenía fuerza para dar un paso más. El equipaje estaba en la puerta
de la habitación, ya estaba decidida, se iría a cuidar a su madre, en cualquier
momento podía volverla a perder y ganas de perder ya no le quedaban. Subió al
auto y se despidió de Julia con un gesto incómodo, no era un buen momento para
despedidas y prefirió hacerlo desde lejos. El auto dio marcha y detrás quedaron
todo lo que un día Lucia había soñado junto a Vicky.
No era un
buen día, Vicky estaba en una forzada reunión médica junto a su padre. Esas que
tanto detestaba, donde tenía que actuar ante aquellas personas que ni se preocupaban
en conocer su estado de ánimo. Estaba de pie junto a un acuario, un pez color
negro llamó su atención, era el más hermoso de todos, pero nadaba solo,
retirado de los otros peces de colores. Se acercó y posó sus bellos ojos verdes
en el vidrio cristalino, lo miró tan profundo;
que vio en aquel pez hermoso y solitario a Lucía. Se acercó a su padre y
le informó que debía irse de inmediato, él le negó la salida y disgustado le
señaló la hora, aún era temprano. Las ganas de verla carcomían su conciencia,
sintió pena de haberla herido, sintió dolor de no tenerla y no poder
disculparse, sintió que algo sucedía y que no había percibido, Lucía le
importaba más de lo que imaginaba. Logró evadir a su padre y se escapó de aquel
tormento, corrió a su auto y se fue en busca de ella, era su único deseo,
verla y nada más. Mientras conducía sentía el corazón dando tumbos sin
sentidos, nunca se había sentido tan nerviosa y desesperada por verla, nunca se
había sentido tan arrepentida. La imaginaba parada frente a su lienzo,
sonriendo como siempre y disculpándola de la atrocidad que había hecho. La
imaginaba en silencio escuchando su excusa y luego abrazándola con tanto cariño
que le hacía olvidar lo sucedido. Bajó del auto y llamó a la puerta, un niño
salió a atenderla diciéndole torpemente que Lucía se había ido lejos. Ella
insistió en querer ver a Julia e indagar por el paradero de LucÍa pero el niño
negó que estuviera en casa. Sintió entonces el peso de la culpa, sintió
desmoronarse por dentro, sintió el mismo dolor, el mismo descenso que tuvo
Lucía. Subió al auto, miró por última vez hacia la puerta y se marchó, Julia la
miraba a escondidas por la ventana. No se fue a casa, fue a la playa, a la
playa que se había hecho cómplice de aquella amistad inesperada, donde tantas
veces se sentaron tan solo a jugar con la arena. Caminó lentamente al sitio
donde frecuentemente se sentaban a conversar, y la miraba sentada con los pies
cubiertos de arena, las mejillas sonrojadas y sonriéndole. Sintió que su
corazón lloraba con desespero, se acercó a la orilla y el agua mojó sus pies; cerró
los ojos y le gritó fuerte a la espesa oscuridad, -Lucía, Lucía regresa. –No te
vayas, regresa, aquí te espero, Luci, regresa. La soledad que le hacía compañía
antes de aparecer Lucía, ahora había regresado, la abrazó tan fuerte que partió
su corazón, regresó más fuerte que nunca a abrir viejas heridas que solo ella había logrado cicatrizar. Ahí permaneció horas, su teléfono celular no paraba
de sonar. Infinidades llamadas de su padre y de Carlos colmaban la pantalla, a
ella no le importaba. Entró al agua y dejó que la oscuridad la arropara, que el
agua la bendijera, caminaba lentamente, sintiendo el frío en sus huesos y
dejando caer sus lágrimas en el infinito mar. Sumergió su cuerpo y el peso que
la acompañaba, ese peso la hizo tocar fondo, la hizo llegar profundo, donde el
agua pierde su textura, donde somos incapaces de pecar. Ahora Vicky no palpaba
ningún destino, ninguna vida, solo sentía la arena casi impalpable en sus pies. Definitivamente
no era un buen día, no era un buen día para aceptar que amas a alguien que has
perdido, no era un buen día para darse cuenta que era tarde no era un buen día
para darse cuenta del significado que tenía Lucía en su vida, realmente, ese
día, no era un bien día para nadar en aguas profundas, negras, saladas y
solitarias.
-Es
curioso como la vida da sus vueltas, estamos hoy de pie y mañana puedes estar
de rodillas o tendida en el pavimento. Es curioso como la vida representa algo
volátil, fugaz, inesperado y corto. Si te detienes a mirar hacia atrás podrás
darte cuenta de los pedazos de años que van quedando, de los pedazos de sueños,
de recuerdos, de escenas e imágenes casi difuminadas por la memoria. Hoy un
hombre afortunado estaría dirigiendo su conferencia, donde anunciaría el
crecimiento de su capital; mañana este mismo hombre podría estar en cualquier
esquina de la ciudad pidiendo dinero. Así es la vida de sorpresiva y justa, con
sus puntos y comas donde deben ir, con sus reglas y leyes bien puestas. El
hombre la gran parte de esa vida es incapaz de mirar esto que acabo de
argumentar, viven ciegos de la vida, andan como vendados dando saltos sin saber
dónde caerán, por eso siempre duele, siempre hiere y sangra. Porque no saben
saltar o quizás no saben caer. Vicky escuchaba las palabras que salían del
hombre que maneja el auto, pero no descifraba absolutamente nada de lo que
decía, ella solo tenía un pensamiento, Lucía. Se detuvieron en el aeropuerto y
Vicky bajó cargada de sombras, detrás de ella caminaba el chofer, dándole prisa
a sus pasos para alcanzarla. -¡Oiga, señorita, espere, señorita!- Vicky volteó y se
acercó al hombre quien caminaba cargando el equipaje. -Quédeselas, dijo Vicky.
- Pero, señorita, es su equipaje, sus pertenencias. -Quédeselas le dije, haga lo
que quiera con eso, tírelo, o dónelo, o tan solo quédeselo, no es de
importancia para mí. Se dio vuelta y continuó caminando hacia la sala de
espera. El hombre la miró asombrado y volvió al auto con el equipaje. Las
sombras la cubrían mientras esperaba su vuelo, parecía vacía por dentro e
inundada por fuera. Una voz metálica se expandió por toda la sala, anunciando
el vuelo. Se levantó de su asiento y se dirigió a abordar su destino, no sabía
a dónde iba, no sabía a qué iba, ni qué haría en aquel lugar. Solo sabía que
estaba huyendo, estaba huyendo de ella misma más que de todos. Minutos
más tarde Carlos recorría todo el aeropuerto en busca de Vicky, fue en vano su
desespero, Vicky ya estaba lejos de él y de todos, nadie sabía de su paradero.
El tiempo con sus prisas
hizo de las suyas, el reloj no detuvo su marcha y se llevaba a su paso todo lo
que estaba dispuesto a oponerse en su carrera. Pasaron los años y los caminos
de Lucía y Vicky fueron borrándose con el pasar del tiempo, pero la historia
estaba presente, seguía intacta en los papeles manchados de Vicky: “No he
sabido nada de ti, mi querida Lucía, sin embargo, te sigo escribiendo, te sigo
recordando. Tu mirada, tu sonrisa, tu voz, tus manos, tu presencia. Sigues
intacta dentro de mí, Lucía. Te escribo esto, sé que no me leerás, o quizás
algún día llegue a ti, no importa, te sigo escribiendo, mi amor, aunque ni sepas
de mi existencia, ni de mis escritos, ni de mi amor.” Vicky cada noche
religiosamente, le escribía a Lucía una extensa carta donde la ponía al tanto
de sus actividades, de sus enfermedades, triunfos y fracasos. Las cartas
estaban en un baúl, permanecían ahí, no había dirección alguna donde ser
enviadas.
8:00 PM, una taza de café
humeante, un cigarrillo y la lámpara a media luz. Vicky terminaba las últimas
líneas: “No volví a saber de ella, creo que se fue tan lejos como yo, creo que
no volvió a buscarme o a recordarme”. Apagó el cigarrillo en el café y se fue a
la cama. La resignación la había invadido, estaba exhausta de sentirse sola, de
buscarla y no encontrarla, aquella noche Vicky había decidido dejarla ir, había
tomado la decisión de dejar atrás a Lucía en definitiva.
9:00 AM, los pasos de Vicky
se hacían fuertes al caminar por el pasillo del edificio, llegó a un salón
amplio donde se exponían las más reconocidas esculturas griegas. Pasó a otro salón más pequeño donde
se exponían los mejores cuadros barrocos. Continuó caminando por el largo
pasillo, y vió algo que le heló la sangre. Al fondo en medio de la multitud,
estaba su retrato, tan joven y hermosa como siempre lo había sido. Sintió un
frío estremecedor que recorría su cuerpo y sin pensarlo se acercó. No había uno,
eran muchos, eran todos, era ella, la que posaba en aquellos majestuosos
cuadros. Los observadores admirados se volcaron sobre Vicky, le hacían
preguntas que ella por razones obvias no podía responder. Las preguntas las
haría ella, pero a quién, cómo y en qué momento. Se acercó al vigilante y
acosándolo con preguntas le suplicaba que le dijera quién había pintado
aquellos cuadros. El vigilante careciendo de información la envió a un pasillo
alterno. –allá le darán la información que necesita- Vicky ansiosa y con sus
pasos firmes y sonantes se dirigió al pasillo que antes había ignorado. Había
una multitud de personas con cámaras y libretas de notas. Al fondo había una
mesa larga y otros cuadros que Vicky reconoció al momento. Lucía respondía a
las preguntas y daba detalle de cada una de sus obras, se veía tan bella y
triunfante que parecía irreal el momento. Los ojos de Vicky brillaron como
estrellas y apartando a la gente hizo un lugar para llegar hasta ella, se paró
a su lado la tomó de las manos. Lucía sorprendida y sin palabras qué decir se
puso de pie, mirando a Vicky como quien mira a un fantasma. Vicky la tomó en
sus brazos y la besó, fue un beso eterno, un beso de perdones, de silencios, de
espera, fue un beso inmenso, de amor, sin sombras, sin penas. Todos se
marcharon y las dejaron ahí, inmortales, sanas, felices, nacientes, sin
heridas, sin culpas. Solo ellas y el beso, el beso que las había alejado y el
beso que las había vuelto a unir. Detrás de ellas, estaba el cuadro más grande
que Lucía en su carrera había hecho, en el posaban dos mujeres unidas en un
beso.
9:00 PM, una copa de vino y
un chocolate. Vicky terminaba las últimas líneas: “desde aquí te miro, mi
querida Lucía, que preciosa te ves dormida en mi cama”
Mientras de fondo se escucha esta canción.
Mientras de fondo se escucha esta canción.
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