En lo oscuro, en la más profunda oscuridad me escondo, detrás de las pieles oscuras y los cabellos negros. Me escondo para no gritar, para no cantar , para no sufrir delante de ellos, de los que me juzgan en la claridad de la luna. En la noche que se va apagando despierto de un sueño sudoroso, me veo bailando sin zapatillas y sin canciones; solo caras que ríen y simulan ser estrellas colgadas de cuadrados soles. Despierto con la luz en los párpados, era una luz tan pesada como mármol, tan gruesa como montañas, tan pulcra como cielos. Caminé descalza por caminos polvorientos, tropecé con sueños florecidos en árboles negros, me escondía de las estrellas guindadas en el firmamento, lejanas, solas , en silencio. Desperté de un sueño verde, en una cama blanca, en un pasillo desierto; a mi lado una lámpara con luz opaca y al final unos zapatos zumbando en el espejismo del suelo frío y del techo. La aguja en el brazo me avisó que debía seguir soñando, pero esta vez no soñé, desperté sin sueños, dormí en un profundo lago azul, tan profundo que se ennegrecía en la humedad de su infinito fondo. Desperté de un sueño sin forma, con estrellas redondas y lunas de cristal. Y al final, un vestido blanco reflejado en la más profunda oscuridad.

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